Reflexiones sobre "Organ 2/ASLSP" de John Cage.

639 años de interpretación

La lentitud límite que esta obra musical propone, interpela en primera instancia las duraciones estandarizadas que estructuran nuestra relación temporal con la música. De este modo, la supuesta potencia expresiva de la música no se limita a los sentimientos que esta transporta, evoca y provoca, sino que se constituye como un signo de su tiempo en un sentido más amplio, por ejemplo articulando los hábitos temporales que estructuran la vida contemporánea, o tomando una posición crítica respecto a los mismos.

Retrato de John Cage

Si la aceleración es una marca fundamental del presente y del incierto futuro por venir, ¿que sentido tendría componer la obra musical más lenta y larga de la historia? Escrita por el compositor norteamericano John Cage el año 1987, la obra «Organ 2/ASLSP» (As slow as possible), convierte su propio título en una invitación a explorar las posibilidades, los límites y por sobre todo, los sentidos que reposan tras una parsimonia que se encuentra en peligro de extinción. En 2001, esta obra y su invitación a la lentitud dio lugar a un proyecto tan radical como ambicioso, pues desde dicho año se lleva a cabo en la ciudad alemana de Halberstadt, de manera ininterrumpida, una interpretación que pretende durar nada menos que 639 años.

Como buena exponente de un arte experimental genuino, esta música puede entenderse de muchas maneras distintas y en cualquiera de los casos, no se tratará sólo de un juicio sobre su relativa belleza, sino de las ideas y experiencias que suscita.

La lentitud límite que esta obra musical propone, interpela en primera instancia las duraciones estandarizadas que estructuran nuestra relación temporal con la música. De este modo, la supuesta potencia expresiva de la música no se limita a los sentimientos que esta transporta, evoca y provoca, sino que se constituye como un signo de su tiempo en un sentido más amplio, por ejemplo articulando los hábitos temporales que estructuran la vida contemporánea, o tomando una posición crítica respecto a los mismos.

En el caso particular de la interpretación de 639 años que se desarrolla actualmente en la iglesia de Halberstadt, la pregunta se extiende también a la relación que el tiempo de la música sostiene con el tiempo de la historia. Para esta versión se construyó un órgano dedicado y especial, como un caso singular de fabricación de uno de los instrumentos más tradicionales y emblemáticos de la cultura occidental, esta vez orientado de una forma particularmente inusual hacia el futuro. Como si se tratase de una antorcha que debe mantenerse encendida y sobrevivir a las generaciones, este órgano deberá soportar la tarea titánica de sonar continuamente por más de seiscientos años, que podrían incluso alcanzar o traspasar los siete siglos, dependiendo de si las futuras generaciones toman la opción abierta de repetir alguna sección. De este modo, la obra convoca a un equipo que deberá constituirse y renovarse durante algo menos de un milenio, en tiempos en que la esperanza de vida de una canción auténticamente actual suele ser, en promedio, entre un fin de semana y un verano. No se trata, en ningún caso, de establecer una jerarquía basada en duraciones y permanencia, pues la fugacidad puede contener un valor inconmensurable, sino de pensar que un proyecto de más de seis siglos hace del tiempo histórico un objetivo en sí mismo, que trasciende la identidad individual de las personas y los valores contingentes de un presente determinado.

Para Hannah Arendt, las obras de arte tienen entre sus múltiples características, un modo singular de transitar la historia. Libres de la función de uso que suele determinar al resto de los objetos, como un privilegio propio de lo inútil, en el mejor de los sentidos, o si se prefiere, de aquello que se realiza en su mera contemplación y experiencia estética, el estatuto de obra de arte favorece la conservación y longevidad de un objeto en la escala histórica. Visto así, podemos pensar que el estatuto de obra de arte no es sólo un producto de eso “otro” que románticamente se adhiere a los objetos en manos del genio individual, sino que se constituye también como un soporte y un medio, un acuerdo heterogéneo, que favorece el esfuerzo de cuidado y conservación que requiere, en este caso, mantener vivo un sonido durante 639 años. El proyecto de Halberstadt produce un objeto sonoro protegido indirectamente por el arte, que se desplegará y extenderá surcando el tiempo de la historia.

Ahora bien, la obra como tal nunca podrá experimentarse como una totalidad, pues trasciende la escala temporal de una vida humana. Es más, quienes se encuentren con la obra como auditores o testigos casuales, lo harán siempre en medio del asunto. La noción de proceso, que parece ser una característica intrínseca de la naturaleza temporal de la música, tal como lo observan autores como Christopher Shultis, será un eje central del experimentalismo norteamericano de segunda mitad del siglo XX, con el que Cage dialogó activamente.

En el caso particular de la versión de seis siglos y medio de «Organ 2/ASLSP», su extrema duración implica que la distancia entre los eventos sonoros que conforman la estructura de la obra será tan amplia, que pueden pasar meses o años sin que su sonido experimente algún tipo de cambio. Lo que podría entenderse como una apología del aburrimiento, tiene por el contrario el efecto inverso, ya que, tal como nos preparamos para observar con métodos precarios el paso de un cometa, apenas visible, la llegada de un nuevo sonido a la obra, trae consigo un público que peregrina para ser testigo de un cambio mínimo, recordándonos que en un estado de máxima quietud, un evento minúsculo adquiere máxima relevancia. El cambio más reciente ocurrió el pasado 5 de febrero de 2022, el próximo tendrá lugar el 5 de febrero de 2024 y el posible final tendrá lugar, si la humanidad continúa existiendo como tal y si las nuevas racionalidades lo juzgan pertinente, el año 2640.

Resulta imposible anticipar el conjunto total de obstáculos que este proyecto puede llegar a enfrentar y en ese sentido, la inmovilidad radical de esta obra se convierte en una aventura. Abandonar las escalas temporales convencionales de la música para surcar el tiempo histórico buscando el soporte humano requerido por su artesanal tecnología, al modo de un mensaje enviado al futuro, es en cierta medida una apuesta optimista, pues confía en la posibilidad del futuro lejano. ¿Es dicha capacidad de congregar, simplemente en favor de donar tiempo en torno a un valor compartido, un elemento necesario a la hora de proyectar colectivamente el futuro? La pregunta toma la apariencia de un mero gesto retórico, pero no lo es.

Manuscrito de la partitura Organ 2 ASLSP del compositor John Cage

Considerando esta perspectiva, hay algo paradójicamente crítico y conservador en este proyecto, esto es: mantener y proyectar hacia el futuro histórico, una gesto de resistencia ante un porvenir que se anuncia inminentemente como todo lo contrario a la lentitud y la colectividad.

El órgano de la iglesia de Halberstadt, o si se prefiere, “la máquina”, sirve de soporte a una extensión que excede las capacidades humanas individuales. Surge una vez más la pregunta, ya clásica, acerca de cómo podrá nuestra propia constitución y condición humana, administrar y sobrellevar el tiempo y la velocidad de las máquinas.

Si es que la analogía resiste, experimentamos los muros de Notre Damme o las piedras de una pirámide, por su misma solidez, como una huella material tangible de un pasado que se continúa hacia el futuro, contribuyendo a situar el presente individual de la biografía, en el tiempo histórico de la humanidad. Sin embargo, la piedra, contenida en sí misma, soporta las huellas del tiempo modulando sus potencias culturales y estéticas, pues inevitablemente se trata de un pasado que nos habla en nuestro propio presente. Estará por verse, cuáles son los sentidos y destinos, que a esta obra sonora le aguardan en el futuro.

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