Una explosión incombustible en el tiempo
A ochenta años de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la palabra hibakusha, que en japonés significa “persona afectada por la explosión”, sigue recordándonos la dimensión humana de aquella tragedia. Así se llama a los sobrevivientes que, en cierto sentido, quedaron al margen de la sociedad: seres reducidos a vivir entre ruinas, cargando un trauma físico y moral que no se extingue con el tiempo.
No sería exagerado afirmar que la imagen del hongo atómico es hoy un lamentable patrimonio en el imaginario de gran parte de los seres humanos. Ocho décadas después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, esos eventos monstruosos siguen estando presentes en el inconsciente colectivo. Como resultado de un manejo consciente del poder que tienen las imágenes, el horror quedó condensado en esas fotografías no solo como epítome del dolor, sino también como un escudo que nos protege de este. Las fotografías del hongo atómico, si bien impresionan, son abstractas y no muestran el sufrimiento humano. Por el contrario, en la época, daban cuenta del triunfo tecnológico y militar de los Estados Unidos, erigiéndose en un símbolo de poder y del final de la guerra. Así, el “hongo” se convirtió en ícono de la era nuclear, pero paradójicamente separado del horror que trajo consigo.
La circulación de imágenes y textos que expusieran la asolación de esas ciudades y sus habitantes estuvo prohibida durante la ocupación de Japón (1945-1952). El comandante Supremo de las Potencias Aliadas, liderado por el General Douglas MacArthur, prohibió la publicación de fotografías, filmaciones y relatos que mostraran los efectos devastadores de las bombas atómicas, que criticaran la ocupación o a los Aliados y que cuestionaran la legitimidad del uso de las bombas. Era necesario proteger la narrativa de que las bombas habían sido “un mal necesario” para acabar la guerra. Recién en los años 50 y 60, comenzaron a circular en Japón fotos de la devastación, aunque fuera de ese país su difusión fue muy limitada, ya que la crudeza de esas imágenes resultaba insoportable. Eso explica que aún hoy reconozcamos el hongo atómico, pero rara vez hayamos visto los rostros y los cuerpos de las víctimas.
El Proyecto Manhattan, que tenía por objetivo el desarrollo de la bomba atómica, fue iniciado por el presidente Franklin Delano Roosevelt, pero tras su muerte (el 12 de abril de 1945), fue continuado por su sucesor, Harry Truman. Así, el 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, fue llevada a cabo la primera prueba, con una nutrida presencia de políticos, generales y prensa, que, a apenas siete kilómetros del lugar de la explosión, contemplaron el acontecimiento como si asistieran al estreno de una película. La detonación fue un éxito. El hongo de la muerte se alzó varios kilómetros sobre el cielo, la temperatura superó los 5.000 grados centígrados en su epicentro, y un vendaval de destrucción acabó con todo rastro de vida en un radio de tres kilómetros.
Pocas semanas más tarde, la mañana del 6 de agosto de 1945, a las 8:15, el bombardero Enola Gay, lanzó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la bomba atómica de uranio 235, la que había sido bautizada como Little Boy. Ese mismo día y en las semanas sucesivas murieron, a causa de la radiación producida por la explosión, alrededor de 100.000 personas. Tres días después de la primera devastación, el 9 de agosto, a las 11:02 a.m., Estados Unidos lanzó una segunda bomba, en esta ocasión sobre la ciudad de Nagasaki. A diferencia de la anterior, Fat Man tenía una ojiva de plutonio 239, y aunque menos devastadora que la anterior, su detonación provocó la muerte de, al menos, 40.000 personas. Los años siguientes, la gente siguió muriendo como consecuencia de las heridas y de las enfermedades que produjo la exposición a la radiación residual. Se calcula que las bombas de Hiroshima y Nagasaki produjeron unas 400 000 víctimas mortales en total.
Uno de los primeros escritores japoneses en publicar su testimonio de los bombardeos atómicos fue Tamiki Hara. En 1947, publicó Flores de verano, una trilogía cuyo primer texto fue escrito a los pocos meses de su experiencia en Hiroshima. Se trata de un relato cuyo foco está puesto en el dolor: “En la inmensidad de vacío plateado que se extendía bajo el sol abrasador, había caminos, ríos y puentes. Y cadáveres, con la carne hinchada y en carne viva, yacían aquí y allá. Aquello era, sin duda, un nuevo infierno, obra de una artesanía de precisión”. A lo largo de las páginas, somos testigos, junto a este sobreviviente, de la devastación y la pérdida que se ciernen sobre la ciudad y sus habitantes. Tal vez, como una manera de dominar el dolor que observa, nos dice que la única manera que tiene de enunciarlo es con letras mayúsculas:
FRAGMENTOS ROTOS, BRILLANTES,
Y CENIZAS GRISÁCEAS,
UN VASTO PANORAMA, EL EXTRAÑO RITMO DE CADÁVERES HUMANOS QUEMADOS EN ROJO.
¿ERA TODO ESTO REAL? ¿PODÍA SER REAL?
EL UNIVERSO, DESDE ENTONCES, DESPOJADO DE TODO EN UN INSTANTE.
LAS RUEDAS DE TRANVÍAS VOLCADOS,
LOS VIENTRES DE LOS CABALLOS, DISPERSOS,
EL OLOR A CABLES ELÉCTRICOS HUMEANTES.
Otro de los tempranos testimonios del asolamiento, pero esta vez visto desde ojos extranjeros, es Hiroshima, del escritor y periodista estadounidense, John Hersey. Este texto fue publicado originalmente en The New Yorker, el 31 de agosto de 1946. Se trata del primer gran reportaje occidental sobre el impacto que tuvo la bomba sobre los habitantes de Hiroshima. El relato se organiza en torno a la vida de seis sobrevivientes y sigue sus pasos desde esa mañana del 6 de agosto hasta los meses siguientes, registrando muy de cerca cómo en medio del caos, las heridas y la muerte ellos intentan rehacer sus vidas. En 1985, Hersey añadió el capítulo titulado “Las secuelas”, para mostrar en qué consistía la vida de esos seis sobrevivientes cuatro décadas más tarde, indagando en las consecuencias físicas, psicológicas y sociales que trajo para ellos la bomba: “Hatsuyo Nakamura, débil y desposeída, emprendió una lucha valerosa que duraría muchos años por mantener vivos a sus niños, y por mantenerse viva ella misma. Hizo reparar su oxidada máquina Sankoku y comenzó a aceptar trabajos de costurera: limpiaba la casa, lavaba la ropa y los platos de vecinos que se encontraban en mejor posición que ella. Pero el trabajo la agotaba tanto que tenía que tomarse dos días de descanso por cada tres de labores”.
A ochenta años de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, la palabra hibakusha, que en japonés significa “persona afectada por la explosión”, sigue recordándonos la dimensión humana de aquella tragedia. Así se llama a los sobrevivientes que, en cierto sentido, quedaron al margen de la sociedad: seres reducidos a vivir entre ruinas, cargando un trauma físico y moral que no se extingue con el tiempo. John Hersey los presentó como símbolos de resistencia y dignidad, pero también como víctimas de una injusticia silenciosa; no los retrató como héroes, sino como personas comunes que aprendieron a convivir con el dolor, la culpa y la marginación. En ellos, el sufrimiento no termina con la guerra: el cuerpo mismo se convierte en su recuerdo: “El reverendo Tanimoto, al ver los cadáveres flotando, se sintió avergonzado de estar vivo”, escribe Hersey, revelando que la culpa del sobreviviente es tan profunda como las heridas del cuerpo. Si el periodista estadounidense observa a los hibakusha desde fuera, Tamiki Hara, él mismo un sobreviviente, escribe desde dentro: “Por la calle, hombres y mujeres desnudos caminaban en silencio. Sus cuerpos estaban ennegrecidos y llenos de heridas; algunos tenían la piel colgando de los brazos. Nadie hablaba. Era como si la vida se hubiera extinguido del mundo.” Hara convierte su propio dolor en una voz colectiva, y en su literatura los hibakusha encarnan la memoria misma: el deber de recordar para que la vida, aun después del fuego, no vuelva a extinguirse.