Thomas Mann: un sismógrafo de la modernidad 

A 150 años de su nacimiento y 70 de su muerte, la lectura de los textos de Mann resulta sorprendentemente actual. Si bien el escritor alemán sabía que las fascinaciones que emanan del mundo de la enfermedad podían resultar mortales para sus protagonistas, las ocupó fructíferamente.

En los tiempos turbulentos que corren, que han sido caracterizados desde el acecho de una “policrisis”, quizás no sea mala idea volver a mirar otro momento en que las premisas que parecían cohesionar el mundo se vieron, asimismo, fuertemente puestas en cuestión. A fines del siglo XIX, la modernidad, entendida desde uno de sus pilares fundantes –la confianza en la razón humana como medio para conocer y dominar el mundo- entró en cuestionamientos. Tres de los pensadores que desde diversas aristas y disciplinas dieron forma y contenido a esta puesta en duda del imaginario moderno fueron Nietzsche, Freud y Marx, los así llamados pensadores de la sospecha. La literatura de la primera mitad del siglo XX se remeció y se vio atravesada por ellos. Thomas Mann es uno de los ejemplos más ilustres de los escritores en los que las huellas de la filosofía nietzscheana y del psicoanálisis freudiano se hacen palpables. Es casi imposible leer a Mann sin tropezar continuamente sobre algunas ideas de Nietzsche –como los principios de lo apolíneo y lo dionisíaco, o la idea de una salud superior nacida desde la enfermedad- y los planteamientos freudianos, a partir de los cuales el inconsciente es una potencia que hace actuar al ser humano más allá de su voluntad.

Si bien la primera novela de Thomas Mann, Los Buddenbrook de 1901, es una narración que sigue el modelo de un realismo más clásico y nos relata la historia de una genealogía familiar, ya se encuentra presente en ella una serie de preocupaciones que al autor no lo soltarán más. También en sus nouvelle  Tonio Kröger (1903) y La muerte en Venecia (1912) emergen lo que podríamos considerar las obsesiones literarias de Mann. Los Buddenbrook no sólo relata la historia de una familia, sino también la de su declive y decadencia. El último eslabón de la familia Buddenbrook es un niño con inclinaciones artísticas, de semblante suave y pelo ondulado, que muere antes de llegar a la adolescencia de fiebre tifoidea. El tifus opera de la misma manera que en muchas obras lo hace la tuberculosis; enfermedad por excelencia romántica, la “peste blanca” es imaginada como una dolencia padecida por las almas demasiado sensibles para una realidad cuyas demandas se han vuelto muy exigentes y mundanas a quienes no están hechos para ellas. Como dijo Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas, la salud es a la burguesía lo que la sangre azul a la aristocracia. Si la nobleza se hereda, el ascenso social del burgués dependerá de su economía, es decir, de su trabajo, lo que convierte a su salud en el garante de sus posibilidades. Sólo quien cuenta con salud, podrá producir y progresar. Hanno Buddenbrook no es lo suficientemente duro ni bruto ni indiferente para poder dar los codazos que deben darse de manera de abrirse paso en el mundo donde impera el capital. Su enfermedad es consecuencia lógica de su carácter, que ya se anunciaba, dicho sea de paso, en sus malos dientes. Parece que Thomas Mann mismo sufría de mala dentadura y en varias de sus obras los dientes defectuosos son un síntoma de un temperamento de rasgos más bien frágiles. La caída del padre de Hanno, Thomas Buddenbrook, de hecho, se consolida con un dolor de muelas y la consecuente extracción del diente podrido. A partir de ahí ya no podrá llevar la máscara del buen burgués, exitoso negociante y político responsable que hasta tal entonces, con mucho esfuerzo e imposición y contra su voluntad, había logrado mantener más o menos intacta.

La contraposición del burgués sano y del artista con tendencia a la enfermedad, es un tópico que atraviesa varias de las obras más importantes de Thomas Mann. Está, en ciernes, en Los Buddenbrook. Es, lo que escinde en dos a Tonio Kröger, protagonista del cuento homónimo, que contiene en su nombre las contradicciones de estas dos fuerzas irreconciliables. Mann, siguiendo la tradición de Johann Wolfgang Goethe, proyectaba en el sur las pulsiones más disolutivas, asociadas al arte en su dimensión dionisíaca, a lo salvaje y lo sensual, mientras que el norte opera desde asociaciones a la disciplina, la razón funcional y el pragmatismo. Tonio –que heredó de la madre su primer nombre junto a inclinaciones artísticas- remite con su apellido Kröger a la seriedad de la familia paterna. El personaje intenta que la sensatez nortina lo blinde contra las inquietudes amenazantes vinculadas imaginariamente al sur. Así como Goethe en su viaje a Italia anhelaba al mismo tiempo que temía el desorden, la corporalidad y espontaneidad de la gente del sur, también en los personajes de Mann se hace presente esta idea de un goce del sur que potencialmente pierde al sujeto, con fuerzas enfermizas y destructivas.

En La muerte en Venecia, Gustav von Aschenbach se entrega a la enfermiza atracción que ejerce la ciudad de los canales en él. Se prende de Tadzio, cuyo nombre le suena a una exótica melodía, y se queda horas mirando su piel blanquecina, casi transparente. Sus proyectos literarios quedan olvidados y se dedica a observar el cuerpo del joven polaco con el mar de trasfondo. Lo eslavo se sobrepone en esta narración con lo sureño, en tanto potencias disolutivas que hacen tambalear la disciplina y el autocontrol. Aschenbach sucumbirá a la cólera que irrumpe en Venecia, fusionando el secreto de la ciudad infectada con el suyo propio.

La figura emblemática de la morbidez eslava es, sin duda, Madame Chauchat, la rusa que en La montaña mágica (1924) se convierte en la femme fatale para Hans Castorp. Primeramente, irritado con los golpes de la puerta que Clavdia Chachaut produce despreocupadamente al entrar al salón de comida en el sanatorio de los Alpes, Castorp luego queda rendido a sus encantos enfermizos que lo retienen en la montaña por siete largos años, hasta que el estallido de la Primera guerra lo despierta de su sueño de bella durmiente. La lucha entre la creencia ciega en el progreso, impulsado por los valores burgueses y la confianza en que producción y reproducción son las formas en que el ser humano se perpetúa en la historia, se confrontan en la novela con los encantos estéticos, la sensibilidad y el sentido artísticos que se alían con la enfermedad y el padecimiento.

A 150 años de su nacimiento y 70 de su muerte, la lectura de los textos de Thomas Mann resulta sorprendentemente actual. Y si bien el escritor alemán sabía que las fascinaciones que emanan del mundo de la enfermedad podían resultar mortales para sus protagonistas, las ocupó fructíferamente como plataforma para aproximarse a las contradicciones de la modernidad y nos sitúa frente a la pregunta acerca de a dónde corremos con tanto frenesí, subidos al tren que nos catapulta con velocidad creciente a la utopía del eterno progreso.

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