Retórica abreviada: entre siglas y emociones
Las nuevas generaciones han transformado la forma de expresarse, creando códigos propios que condensan sentimientos, ideas y experiencias. Entre ellos, los acrónimos (pequeñas combinaciones de letras que dicen tanto en tan poco espacio) se han convertido en una suerte de espejo cultural que revela cómo pensamos, cómo nos relacionamos y, sobre todo, cómo sentimos en la era digital.
Ilse Capona
Núcleo de Lingüística
Las nuevas generaciones han transformado la forma de expresarse, creando códigos propios que condensan sentimientos, ideas y experiencias. Entre ellos, los acrónimos (pequeñas combinaciones de letras que dicen tanto en tan poco espacio) se han convertido en una suerte de espejo cultural que revela cómo pensamos, cómo nos relacionamos y, sobre todo, cómo sentimos en la era digital.
Aunque resulte paradigmático, esta simplificación del lenguaje implica una realidad más profunda relacionada a la presión de vivir conectados constantemente: el miedo a quedar fuera de lo que sucede en el mundo digital. La imposición de códigos de comunicación impulsados por las plataformas sociales conlleva a que el lenguaje digital se transforme en un sello generacional que facilita la pertenencia a un grupo. Por lo tanto, comprender y usar determinados acrónimos no sólo se asocia a una cuestión de estilo, sino de identidad.
Para profundizar, se aplicó una encuesta a 83 estudiantes de pregrado entre 18 a 24 años para saber si efectivamente utilizan acrónimos, arrojando que un 65% de ellos sí los utiliza, especialmente al momento de escribir. Uno de los que conocen y es uno de los más utilizados por esta generación es FOMO (Fear Of Missing Out) y cuyo significado en español es miedo de quedarse fuera de experiencias sociales o culturales que otros sí están viviendo. Si vamos más a fondo, este acrónimo es un espejo de la forma en que la digitalización condiciona los afectos, los vínculos y la autoimagen. De este modo, comprimir el lenguaje también resulta un indicador de cómo esta generación concibe la vida a partir de la sobreexposición e inmediatez.
Para muchos adultos, el fenómeno de la proliferación del uso de acrónimos resulta incomprensible. Verdaderos enigmas se convierten palabras como LOL, OMG, SOS, sin embargo, para quienes crecieron con un celular en la mano, su uso es natural. La brecha cultural se amplía más allá del lenguaje y se transforma en un choque de paradigmas comunicativos: mientras los jóvenes se expresan utilizando códigos breves, los adultos pueden sentir que ese particular uso del recurso de economía lingüística refleja falta de profundidad y completitud.
Es indiscutible que, si bien los acrónimos han facilitado la comunicación en entornos caracterizados por la rapidez, también genera un desafío: ¿qué ocurre cuando esta simplificación genera confusión y genera malentendidos? Por ello resulta clave distinguir cuándo el uso del lenguaje acotado enriquece la comunicación y cuándo la empobrece. Reconocer las instancias en que los acrónimos cobran vigor en contextos informales de comunicación (redes sociales); no así en condiciones formales como la escritura académica o profesional.
No se puede dejar de lado el impacto emocional que tienen los acrónimos vinculados a estados de ánimo o experiencias existenciales. Ante realidades psicológicas, se expresaban con frases largas, ahora siglas como FOMO o YOLO (You Live Only Once) las condensan. En tres o cuatro letras, se resume la complejidad de un sentimiento. Por lo tanto, la simplificación no sólo se centra en la práctica del uso del lenguaje, sino que también se extiende a un fenómeno cultural y emocional.
La necesidad de usar acrónimos para darle sentido a alguna emoción, además de vivir bajo la presión de estar permanentemente conectados -de temer a quedar fuera- son rasgos distintivos de nuestra época. Sin duda la digitalización ha proporcionado un sinnúmero de herramientas que facilitan la comunicación y la rapidez, sin embargo, ha propiciado un miedo constante: la sensación que siempre falta algo, de que nunca estamos del todo presentes. Al tratar de simplificar el lenguaje para ahorrar tiempo, terminamos empobreciendo la forma en que expresamos lo que sentimos.
Tal vez el reto al que las generaciones actuales se enfrentan es reconocer que el lenguaje digital no sólo refleja quiénes somos, sino también cómo vivimos: sumidos en la confusión y la urgencia. Es precisamente ello lo que ayuda a perfilar ciertas características de la identidad de este siglo.