PENSAR LA IA (O PERDERNOS EN ELLA)

Holanda, paisaje fluvial con dos molinos de viento, Paul Baum

El uso de Inteligencia Artificial se está masificando aceleradamente. Tareas simples, como la recolección de información de internet, o asuntos más complejos, como el análisis de textos y datos, están delegándose progresivamente en esta nueva tecnología. La ventaja es evidente: mayor precisión en menor tiempo. Sin embargo, las dudas acerca de potenciales consecuencias nocivas son – o deberían ser – motivo de reflexión.

Por cierto, pensar la técnica/tecnología no es un asunto nuevo. Ya en Marx, Nietzsche o Simmel podemos encontrar importantes análisis acerca de nuestra relación con ella. Más allá de sus diferencias, estas reflexiones suelen converger en una pregunta clave: ¿Es la técnica un mero instrumento al servicio del ser humano o nuestra relación con ella está, en algún sentido, determinada previamente? Pensemos, por mencionar un ejemplo clásico, en las armas. ¿Son una herramienta neutral cuyo riesgo reside en el uso o, en realidad, al estar diseñadas para dañar, son un riesgo en sí mismas? Este dilema fue abordado con profundidad por el filósofo alemán Martin Heidegger en su conferencia titulada “La pregunta por la técnica” [Die Frage nach der Technik], dictada en noviembre de 1953 en el auditorio de la Academia Bávara de Bellas Artes, Alemania. La preocupación central de Heidegger era la técnica moderna, pues observó en su esencia un peligro para el ser humano. Y no cualquier peligro, sino el “peligro supremo”.

Si bien la reflexión heideggeriana apuntaba a las técnicas de su época – en particular, la amenaza de la técnica atómica –, vale la pena preguntarse si la Inteligencia Artificial, en cuanto técnica moderna, alberga en su esencia aquel peligro que preocupaba al filósofo de Messkirch. Para responder a esta pregunta, primero es necesario comprender la distinción que plantea Heidegger entre técnica manual y técnica moderna. En términos generales, toda técnica es, dice Heidegger, un “desocultar” en el sentido de dar lugar a algo. Por ejemplo, en la construcción de un vaso, la técnica reúne la forma (un cilindro) y la materia (el vidrio) sobre la cosa instituida (el vaso). En este particular sentido, la técnica es un producir, pues da lugar a aquello que, por sí mismo, no puede producirse. Esto último es cierto para la técnica manual [τέχνη], advierte Heidegger, pero para la técnica moderna.

Para notar la diferencia entre la técnica manual y la técnica moderna, sirvámonos de dos ejemplos que utiliza el filósofo alemán: un molino de viento y una central hidroeléctrica. Mientras el molino instala sus aspas en el viento para utilizar su energía, la central transforma al río en un insumo para su funcionamiento. Notemos cómo la relación entre técnica y naturaleza se invierte: mientras que el molino se instala en la naturaleza, en el caso de la central, es la naturaleza la que se instala como recurso siempre disponible para su funcionamiento. Así, entonces, Heidegger muestra que la técnica moderna es un desocultar, pero no en el sentido de un “producir”, sino que en el sentido de un “provocar”, pues pone a la naturaleza a su total disposición, transformándola en una estación de servicio.

Ahora bien, ¿por qué esto representa un peligro? Heidegger nos aclara que no hay demonio en la técnica como suelen mostrar novelas futuristas en las que la humanidad queda sometida al imperio de las máquinas. En realidad, es la esencia “provocante” de la técnica la que amenaza al ser humano, pues, en la era de la técnica moderna, aparece como si fuera el único modo de desocultar posible, y esto nos dispone también a nosotros a un particular modo de

relacionarnos con la naturaleza y con nosotros mismos. En efecto, el desocultar provocante no reside solo en el modo en el que, por ejemplo, la central hidroeléctrica somete al ecosistema que la alberga, sino que se manifiesta en prácticamente todos los ámbitos de la vida. Vemos a la naturaleza como estación de servicio, pero también vemos al otro y a nosotros en términos de utilidad y eficiencia. Y es precisamente aquí donde yace el mayor peligro, pues, estando dispuestos de este modo ante la vida, abandonamos progresivamente el pensar meditativo propio del ser humano y adoptamos exclusivamente el pensar calculador como única forma de abordar nuestra existencia, perdiendo de vista otros modos de desocultar y renunciando a la pregunta por el ser. Comprendemos ahora la advertencia heideggeriana: en nuestra relación con la técnica moderna reside un peligro existencial. Al desaparecer la meditación, es la esencia del ser humano la que se ve amenazada.

Es hora de preguntarnos por la Inteligencia Artificial (IA). ¿Cómo estamos cultivando nuestra relación con ella? Hay quienes sostienen que esta herramienta podría reemplazar algunos procesos rutinarios, dejándonos tiempo para tareas “humanas”. Sin embargo, observamos que su uso se orienta crecientemente a reemplazar actividades tan humanas como la escritura de ensayos, la creación de arte e incluso la búsqueda de soporte emocional. En las conversaciones casuales, es cada vez más habitual que se acuda a bots conversacionales como ChatGPT, Gemini y otros para resolver dudas, pero también para que ellos respondan por nosotros. Siguiendo a Heidegger, veremos que no hay demonio en la IA, pero sí debemos preguntarnos más profundamente acerca del modo en el que esta tecnología nos dispone frente a la vida. Sobre todo, considerando que, a diferencia de otras técnicas, la IA tiene la particularidad de poder replicar procesos intelectuales complejos propios del ser humano, lo que podría acrecentar el riesgo de disponernos de un modo calculador ante nosotros mismos.

El peligro, entonces, no reside en el temor ficcional de un mundo tiranizado por la IA, sino en una humanidad que se abandona a sí misma en su incapacidad de pensar(se) más allá de lo trazado por la tecnología. Pero ¿cómo evitar este riesgo ontológico? A pesar del aparente pesimismo diagnóstico, Heidegger acude al poeta Friedrich Hölderlin para ofrecer esperanza: “donde hay peligro crece también lo salvador”, nos dice. Si bien la palabra “salvación” podría llevarnos a concluir un rechazo tecnológico, en realidad ella remite a la construcción de una relación consciente y libre con la tecnología. En el discurso “Serenidad” de 1955, Heidegger ofrece algo de luz al respecto indicando que deberíamos decir “sí” al uso de objetos técnicos, pero “no” a que ellos definan nuestra relación con el mundo. Para esto, plantea el cultivo de la meditación como un modo de no abandonarnos al tiempo que aprovechamos las virtudes de la técnica. El punto de partida, como ocurre en Filosofía desde Sócrates, es la pregunta. En lugar de rehuir de la IA, debemos acercarnos y preguntarnos por su esencia. A partir de ahí, podemos construir una relación consciente con ella. Tal vez en esta actitud de serenidad resida la única posibilidad de tomar lo bueno que nos ofrece la IA sin que ello implique perdernos en ella, quedando inevitablemente arrojados al olvido del ser.

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