MUTACIONES, TEMORES Y CRISIS EPISTÉMICA

Los procesos de construcción social ya no se refieren sólo a la comunicación humana, sino también a la algoritmización. El nuevo sistema de comunicación que emerge es sobreabundante ya que ha aumentado dramáticamente la cantidad de información que recibimos y la rapidez con que se transmite.

«El suelo bajo nuestros pies se está moviendo, introduciendo un nuevo tipo de incertidumbre para el que no tenemos una guía… tenemos la sensación persistente de que el control que ejercemos sobre nuestras vidas se nos está escapando de las manos, que las normas e instituciones en las que solíamos confiar no tienen las respuestas que necesitamos”. Estas palabras, con su pesimismo y desánimo, no son una expresión melancólica de un ensayista, sino una aseveración empírica del informe del Programa de Naciones Unidas (PNUD) de 2021, que constataba que el Índice de Desarrollo Humano, en medio de la pandemia, disminuía inéditamente en el mundo.

Visiones de esta naturaleza, aunque con leves mejoras, persisten. Se entremezclan con una mirada magra de largo plazo, de estancamiento y temor. Son sostenidas no sólo por organizaciones multilaterales, intelectuales y políticos, sino sobre todo son reportadas por las propias personas, según constatan las encuestas UC Bicentenario, CEP y Pew Research. A nivel global, el 80% de la gente piensa que el mundo se volvió más peligroso en el último tiempo. Según un estudio de Ipsos de 2024, en Chile se observa prácticamente la misma proporción.

¿Cómo estos tiempos, de mayor progreso económico, científico y tecnológico, son experimentados como carentes de plenas certezas, garantías y seguridades? Un intento de responder esta pregunta es plausible siguiendo dos marcos teóricos distintos, pero convergentes: la teoría de la sociedad de riesgo formulada por el sociólogo alemán Ulrick Beck y la idea de la mediatización planteada tanto por John B. Thompson como por Andreas Hepp. Revisitar ambas visiones, integradas entre sí, ayuda a entender que parte de los retos que atraviesan actualmente nuestras democracias tienen relación con una exacerbación de la percepción de crisis asociada a la expresión de temores que desafían al sistema político, insertas en un entorno comunicacional sobreabundante
de contenidos, con diversa calidad informativa y con baja incidencia de mediadores institucionales.

Sin embargo, esto no puede suponer un determinismo tecnológico. Sin duda, que los desafíos que enfrentan actualmente las democracias no pueden ser entendidos en forma simplista sólo como resultado directo y único de las nuevas tecnologías, sostiene W. Lance Bennett. Estas siempre están inmersas en contextos sociales e institucionales, y su impacto en la sociedad está condicionado y moldeado por ello.

Riesgo y crisis de la información

En los ‘90, cuando muchos vaticinaron el fin de la historia y un futuro de menos conflictos, Beck describía con antelación una de las tensiones que atraviesa la sociedad actual: personas expuestas crecientemente a los más variados tipos de transformaciones, riesgos, de alcance personal y global. Y con ello, una y otra vez, describía, los sistemas políticos fallarán en relación con la seguridad y las garantías de protección prometidas por el poder político frente a estos peligros: “Las legitimaciones se resquebrajan. El banquillo de los acusados amenaza a quienes toman las decisiones. Por lo cual la cabeza de Jano atemoriza a una clase política siempre en el filo de la crítica”.

Ciertamente, hoy a ese “banquillo de los acusados” concurren el Estado, la ciencia, empresas y entidades de distinta índole. El mismo desarrollo económico y científico que permitió mitigar incertidumbres pasadas, provoca ahora nuevos tipos de riesgos globales “manufacturados” -como el cambio climático o el flujo migratorio-, frente a los cuales las instituciones tradicionales no tienen repertorios de respuestas inmediatos ni fáciles.

En esta sociedad de riesgo, la expresión social de la incertidumbre es el miedo, una sensación más líquida y subjetiva, como acuñó Zygmunt Bauman. En políticas públicas, el temor fue por mucho tiempo desacreditado; se le minimizaba, porque no era propio del ideal de un ciudadano racional. Hoy, el miedo -al crimen, al otro, al migrante- remece las democracias, y se configura como un fenómeno social por su alta prevalencia, su repercusión en la forma de vincularnos y organizarnos y -sobre todo- por ser el sustento de las actuales demandas políticas.

Como apunta Daniel Innerarity, los gobiernos se ven así incapaces de enfrentar problemas complejos -y los temores que éstos suscitan- en los tiempos rápidos que demanda la ciudadanía. En el corazón de este desconcierto, está la democratización de la autocrítica: la narrativa mediática en torno al conflicto y la crisis se cristaliza desde hace décadas como la forma de auto observación predominante de la sociedad -tal y como sostiene Niklas Luhmannahora reforzada por una mediatización digital exacerbada, instantánea fugaz y “gaseosa” de un entorno digital de redes sociales, que fragmenta y hace disonante los debates.

La mediatización impacta en la forma en que se construye la realidad y el tiempo social: cambia la comprensión del mundo
según la velocidad de la comunicación y la tecnología, acelerada ahora por la digitalización, que permite conectarse y producir contenidos individual y colectivamente en forma permanente. Hepp va aún más allá y acuña la idea de “mediatización profunda”: ser digital supone dejar una huella, información y datos, que son procesados por algoritmos de manera automatizada. Con ello, los procesos de construcción social dejan de referirse solamente a la comunicación humana, sino también a la algoritmización.

El nuevo sistema de comunicación que emerge es sobreabundante. Dramáticamente ha aumentado no sólo la cantidad de información que recibimos, sino también la rapidez con que se transmite, señala Gérald Bronner. Y la atención humana es un recurso escaso ante la inmensa cantidad de estímulos a los que las audiencias están actualmente expuestas en el ambiente digital. En esta inmensidad de contenidos, el contacto con la información producida profesionalmente es crecientemente incidental, afirman Mitchelstein, & Boczkowski, y no jerarquizado, acotan Thorson & Wells y el mismo Bronner, en una esfera pública “sin editar” en que circula junto a la información producida profesionalmente, otra poco clara en su origen y engañosa, que dificulta para muchos la distinción entre verdad y falsedad, advierten Bimber y Gil de Zúñiga. Aquí los medios tradicionales deben compartir la producción y curatoría informativa, con influencers o pares no expertos y con algoritmos. Se acrecienta la desmediación de las instituciones expertas -incluyendo la prensa -, que ponen en cuestión su rol de gatekeeper, de jerarquizar y validar los contenidos y debates públicos prioritarios, sostienen Innerarity y Habermas.

Con ello, aumenta la preocupación por los desafíos de un entorno comunicacional con distintos niveles de credibilidad y calidad que incluye la desinformación, propaganda computacional, fake news, sin mediadores y jerarquizadores, que lejos de disminuir o contener las percepciones de incertidumbre actual, las pueden acrecentar. Para algunos, se trata de una verdadera “crisis” de la información o -definitivamente- de una “crisis epistémica de la democracia”, sentencia Peter Dahlgren.

En este ambiente de riesgos, temores y de crisis de información, dos desafíos centrales persisten: ¿cómo los ciudadanos están filtrando, discerniendo y circulando la información, desde una perspectiva cognitiva? En segundo lugar ¿ante la percepción de incertidumbre, ¿cómo los temores son encauzados adecuadamente tanto en el espacio público mediático como en el sistema institucional? Si quedan a merced de los vaivenes electorales y de clicks digitales en redes sociales, son terreno fértil -como ya lo estamos viendo- para el auge de narrativas simplificadoras y maniqueas, que pueden proporcionar ventajas inmediatas a liderazgos populistas, pero que son de baja efectividad en el largo plazo al impactar negativamente en la sostenibilidad del sistema democrático en su conjunto, pues no resuelven los problemas y potencian aún más la desconfianza y la desafección ciudadana.

Como plantea la filósofa Martha Nussbaum, la exacerbación de la retórica simplificadora del miedo tiene su efecto en la democracia: divide, inmoviliza e impide la cooperación, porque arremete contra el otro. El espacio público no puede ser un lugar para exacerbar esas preocupaciones, sino para tematizar, sintetizarlas, jerarquizarlas y encauzarlas debidamente y generar la articulación transversal requerida para desarrollar soluciones realmente eficaces para enfrentar aquello que provoca el miedo y la incertidumbre. Es allí donde el rol de la prensa profesional, como certificadora de la información de calidad y garante del necesario debate, es más relevante ahora que nunca. Ya lo decía el sociólogo e historiador, Michael Schudson, antes de la digitalización: el rol del periodismo es y será entregar información a las personas para que puedan ejercer su ciudadanía, a través de marcos que les permitan comprender un universo, un mundo, cada vez más complejo.

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