Martin Hartmann, Rector de la Universidad de Lucerna: “Estoy convencido de que hay más confianza de la que las encuestas sugieren”
El catedrático de Filosofía Práctica es un estudioso de la confianza. Aquí diferencia las implicancias que ésta tiene según los distintos tipos de vínculo y despeja algunos mitos al mismo tiempo que advierte sobre su fragilidad: “Si crees que la democracia es importante, más vale que la defiendas cuando esté bajo ataque. De lo contrario, puede desaparecer mañana”, apunta Hartmann.
Estudió Filosofía, Literatura Comparada y Sociología, en la Universidad de Constanza, la London School of Economics y la Freie Universität de Berlín. Con una vasta trayectoria académica como docente en la Universidad Goethe de Fráncfort, profesor visitante en la Universidad de Chicago, entre otras prestigiosas instituciones, además de miembro del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Martin Hartmann ha dedicado su vida a estudiar la confianza práctica para entender su injerencia en los sistemas sociales.
La confianza en juego
-Sobre la confianza como experiencia social distingues entre confiar en personas y depender de sistemas. ¿Por qué es importante esa distinción?
-Porque la dependencia no es exactamente lo mismo que la confianza. Cuando confías en alguien y la confianza se ve defraudada, te puede molestar moralmente. Mientras que cuando un sistema te falla, esa no es la reacción usual. Puedes estar enojado, pero no te molestará moralmente en un sentido más profundo. La dependencia le quita algunas de las connotaciones morales que la confianza suele llevar consigo. Enfoco mi término “confianza” sobre todo en interacciones interpersonales. Entonces, empezamos la relación con una institución dependiendo, pero eso no impide que en algún momento lleguemos a conocer a personas en esos lugares y comencemos a confiar en ellas.
-¿Qué papel juegan las emociones en la confianza?
-La confianza no es en sí misma una emoción, lo cual es un poco controvertido. Sigo preguntándole a la gente: cuando confías en alguien, ¿qué tipo de sentimiento tienes hacia esa persona? Y les resulta difícil describir el sentimiento. No tengo problemas en decir que la confianza libera sentimientos o está vinculada a sentimientos. Si traicionan la confianza, respondo con profunda decepción, resentimiento, o quizá incluso odio. Cuando confías en alguien, te sientes bien en compañía de esa persona, y eso es un sentimiento. Tal vez la confianza sea más como una atmósfera que una emoción plenamente desarrollada.
-Entonces la confianza no es una emoción, pero no puede ser posible sin afecto.
Sí. Puede ayudar si llegas a conocer a alguien y te sientes cómodo en la compañía de esa persona. Ciertamente, así es más fácil que la confianza se desarrolle. Pero, si pensamos en los celos, el amor, el odio, no creo que la confianza sea equivalente. Es un poco más débil.
-Cuando hablamos de confianza intepersonal entre familiares o amigos, ¿es posible la confianza después de una ruptura?
La respuesta típica es que cuando la confianza se defrauda, lo hace para siempre. Se acabó. Se dice que toma mucho tiempo construir la confianza, pero no destruirla. No estoy de acuerdo. Creo que no siempre se destruye rápidamente. Si estás en una relación de confianza, ya sea una amistad o una relación romántica, no creo que uno renuncie a ella tan rápido como la gente sugiere. Podrías replantearte tu relación, estar decepcionado, pero no la abandonas de inmediato si es que es importante para ti. Incluso sugeriría que parte de la confianza es tener la disposición a reparar una relación si es necesario. En ese sentido, diría que sí puede repararse. Puede que quede destruida para siempre, pero también conocemos personas que han vuelto a estar juntas después de crisis profundas.
-La confianza nos habla de nuestra propia vulnerabilidad, ¿podemos confiar en alguien sin aceptar también la posibilidad de pérdida o de traición?
No, no creo. Hay dos dimensiones aquí. Soy vulnerable a lo que el otro hace en la confianza interpersonal, pero también soy vulnerable a mi propio juicio. Puedo juzgarte mal, tener impresiones equivocadas y la confianza ser defraudada. Entonces no sólo estoy decepcionado de quien defraudó mi confianza, sino también de mí mismo, que descansé (relied) en mi juicio. Y puede que no me guste ser vulnerable. Hay personas muy cuidadosas, reacias a interactuar, o que no están dispuestas a sentirse o hacerse vulnerables. Sin embargo, en nuestra sociedad es difícil aislarse hasta ese punto, porque necesitamos interactuar con personas en muchos niveles.
“No existe una confianza absoluta”
-¿Qué sucede cuando las instituciones o los sistemas (universidades, redes sociales, la prensa) no logran ofrecernos un espacio seguro o certezas que nos permitan movernos en el mundo social?
-La Iglesia Católica es un ejemplo destacado, aunque también otras iglesias alrededor del mundo han tenido escándalos relacionados con abusos sexuales. Por supuesto que para la Iglesia Católica esto fue catastrófico en términos de pérdida de confianza. La institución pierde confianza, incluso considerando que no todas las personas dentro de la Iglesia Católica son indignas de confianza. Si una institución falla a un nivel tan grande, sufre en su conjunto. Esto nos dice algo sobre nuestra manera de percibir el mundo. Incluso en la vida cotidiana tendemos a generalizar. En la política ocurre prácticamente lo mismo. No todos los políticos son corruptos, aun así, si ocurre un escándalo, toda nuestra actitud hacia la política puede verse afectada o se puede generar una profunda decepción.
Las instituciones quieren nuestra confianza. Pero deberían ser conscientes del costo que tiene pedirla. Se crean expectativas morales y afectivas, no solo prácticas. Querer que las personas puedan depender de ti –ser reliable– suena menos atractivo que aspirar a ser digno de confianza –trustworthy–, pero ahí una falla es más fácil de manejar.
– ¿Puede repararse la confiabilidad/dependencia (reliability) institucional cuando se rompe o simplemente hay que empezar de nuevo desde cero?
-Creo que sí se puede, pero requiere trabajo. Supongamos que compras un producto de una empresa y está defectuoso; la empresa no perdería mi confianza si me da la sensación de que le importa y que me escucha. Deben ser accesibles. Y tienen que estar dispuestos incluso a pagarles a empleados cuyo trabajo sea precisamente reparar la relación con el cliente. Es una inversión. No culpo a una empresa por un error o un producto defectuoso, la culpo si no hace nada al respecto y no me ayuda a reparar el problema.
-¿Dirías que la confianza o la confiabilidad/dependencia (reliance) es lo que mantiene vivas a las instituciones?
-No, aunque es algo que se dice con frecuencia. Creo que lo que hace la confianza, más que posibilitar la sociedad, es mejorar las relaciones dentro de ella. Si puedes establecer relaciones de confianza con muchas personas, la sociedad mejora. No diría que una sociedad sólo es posible gracias a la confianza. Hemos visto sociedades bastante problemáticas, como los regímenes totalitarios o comunistas de Europa del Este. En algún sentido, eran sociedades con niveles muy bajos de confianza, pero más o menos estables, hasta que colapsó. Y se podría decir que ese colapso tuvo que ver con la falta de confianza, pero eso sería una tesis sociológica que no puedo probar aquí.
-Pero la confianza también es lo que nos da cierta certeza respecto del futuro. Si el futuro no implicara incertidumbre, no habría necesidad de confiar. Entonces, ¿qué podemos anticipar?
-Las instituciones estables, confiables (reliable), nos ayudan a desenvolvernos bien dentro de la sociedad. Si la burocracia funciona más o menos bien, eso es útil. La gente suele odiar la burocracia, pero alguna es necesaria. Si de pronto tuvieras que cuestionar todo eso –si la burocracia dejara de funcionar, si nadie respondiera, si todos mintieran o fueran corruptos–, la vida se volvería mucho más difícil. Tendrías que ser más cuidadoso, más desconfiado, y eso también afecta a nivel psicológico: no se siente bien vivir así. Cambiaría por completo tu relación con el mundo. Según Niklas Luhmann, cuando confías en alguien, no tienes que preocuparte por lo que pasará: tienes expectativas, y la mayoría de las veces se cumplen. Por eso confías. Esa base de confianza permite luego otros aspectos más creativos: a veces queremos que ocurran sorpresas.
– Según muestran algunas encuestas, las sociedades occidentales tienden a confiar menos en las instituciones, en los políticos, en la seguridad social. ¿Puede quebrarse fácilmente la estabilidad?
-Creo que no tan fácilmente. Incluso en el caso de la democracia, muchas personas están dispuestas a luchar por ella. Pero sí, es frágil. Todas nuestras instituciones lo son. Y la mayoría de las sociedades, lo quieran o no, han tenido que experimentarlo. Chile lo vivió en 1973. Y hoy creo que estamos presenciando algo que para algunos representa un cambio profundo. Y esa es precisamente la fragilidad que mencionas. Las instituciones políticas, las democráticas y, a veces, también las totalitarias son frágiles en un grado que la gente rara vez percibe. Nada es completamente estable.
Suiza es un caso interesante. Es una democracia directa, donde los ciudadanos tienen bastante poder para modificar la Constitución. No es un poder ilimitado, pero sí existe un amplio margen de acción para influir en el sistema político. Las cosas pueden cambiar, y a veces lo hacen sorprendentemente rápido. Dado que las instituciones dependen de las personas –y que las personas pueden ser influenciadas, cambiadas o manipuladas–, las instituciones también cambian. No hay una forma definitiva ni permanente de ellas. No están hechas para durar eternamente. Son frágiles en un sentido muy profundo del término. Si crees que la democracia es importante, más vale que la defiendas cuando esté bajo ataque. De lo contrario, puede desaparecer mañana.
-Has dicho que hay personas dispuestas a luchar por la democracia. ¿Dirías que las democracias liberales atraviesan una crisis de confianza?
-Las encuestas son bastante claras. Casi todas parecen indicar que en numerosos países la confianza en las instituciones políticas está disminuyendo. Ahora bien, yo entiendo la confianza como una práctica. Para mí, es más que una opinión o una opción que uno marca en un papel. Y creo –quizás soy demasiado optimista– que no deberíamos permitir que esas encuestas nos lleven a pensar que todo está roto, que todas nuestras instituciones están en riesgo. Las encuestas ciertamente reflejan un estado de ánimo. Pero una relación de confianza plena y saludable implica algo más que una opinión. A veces, la manera en que interactuamos con los demás, o la forma en que hablamos de política, demuestra que no hemos perdido toda la confianza. Estoy convencido de que hay más confianza de la que las encuestas sugieren.
Cuando no puedes confiar en nadie porque nadie es digno de confianza, el problema es profundo. Pero cuando no puedes confiar en nadie porque no sabes quién es confiable, el tipo de crisis es distinto, es epistemológica: ¿cómo llego a conocer a esas personas confiables? Las instituciones políticas deben ser conscientes de esta dimensión y esforzarse para que la gente pueda percibir y reconocer a políticos, funcionarios y empleados que aún son confiables.
-Si hablamos de instituciones, ¿podrías decir que confías “un poco” cuando recién comienzas tu relación con esa institución?
-Sí. Primero tengo que dar un primer paso de confianza, para ver qué pasa, para conocer la institución. Creo que esto se aplica a todas las relaciones. No existe una confianza absoluta, ni siquiera en una relación íntima o en una amistad muy estrecha. Siempre hay un margen: no necesariamente de desconfianza, pero sí de distinción. Puedes confiar en tu pareja en algunos aspectos, pero no en todos, porque la conoces lo suficiente como para saber en qué cosas es confiable y en cuáles no. Por eso hacemos diferencias. La confianza es una relación dinámica. No se construye sólo lentamente ni se destruye de golpe; cambia a medida que cambian las relaciones. Y lo peor que puede ocurrir en una relación, en términos de confianza, es la indiferencia. Para mí, lo opuesto a la confianza no es la desconfianza, es la indiferencia. La desconfianza sigue siendo una actitud comprometida.
-Y en esta confianza dinámica, ¿existe algún peligro para nuestras sociedades?
-Creo que esta dinámica sí podría llevarnos a algo peligroso. Quizá el caso más evidente sea la inteligencia artificial. Sé que es una respuesta amplia, pero pienso que mientras más la usamos, menos seguros estamos de si estamos tratando con seres humanos y eso podría transformar profundamente la sociedad, creo que afectará nuestras actitudes. La incertidumbre sobre esa interacción hará que cambiemos la forma en que nos relacionamos con esos agentes.
El hecho de que hoy muchas empresas parezcan creer que es útil sustituir seres humanos por inteligencia artificial me parece riesgoso. Porque esto también afectará nuestras actitudes emocionales, nuestra forma de estar en el mundo, nuestra percepción de quiénes somos y con quién estamos interactuando. No puedo ser más preciso ahora, pero imagino que esto cambiará nuestras sociedades de manera significativa. Y no estoy seguro de que estemos preparados para eso. Aparte de esto, los riesgos que veo son probablemente los mismos que tú: ciertos movimientos populistas, ciertas corrientes que buscan destruir la democracia. Me preocupa, sí.
-Después de estudiar la confianza y las complejas relaciones que genera entre nosotros, ¿qué te sigue sorprendiendo de ella?
-Ya no soy indiferente. He notado que cuando empecé a pensar en la confianza, y cada vez que sigo hablando de ella, casi todas las personas la consideran algo positivo. Confiar es bueno. Y si quieres resolver conflictos, debes construir confianza entre las partes, las personas, los países, quien sea. Contribuye a relaciones sanas, moralmente íntegras. No lo niego, pero con el tiempo descubrí algo más: la confianza también puede generar conflicto. Pueden crear conflictos fuera de sí mismas. De hecho, el deseo mismo de confiar puede ser conflictivo. El nacionalismo, por ejemplo, puede surgir de ese deseo: la gente quiere estar con “los suyos”, sea lo que eso signifique, y no quiere extranjeros ni desconocidos. Ese deseo de una confianza interna genera inevitablemente su propio conflicto cuando se proyecta hacia fuera. Terminas desconfiando de quienes no pertenecen a tu círculo, de quienes no son tus connacionales.
Otro ejemplo, es la falta de disposición a ser vulnerable. Piensa en las reacciones que esto genera. Desde hace 40 años, la filosofía feminista ha desarrollado la ética del cuidado. Pero un hombre reaccionario, patriarcal o sexista podría decir: “no quiero tener nada que ver con eso”. Y eso puede tener que ver con el miedo a la vulnerabilidad que implica no ser un “hombre fuerte”, ser una persona dispuesta a cuidar, a involucrarse en relaciones sanas con todos los géneros. Estoy especulando un poco, pero psicológicamente se ve claro: el deseo de volver a una forma tradicional de ser o de vivir puede estar motivado por la nostalgia de una confianza que se percibe como perdida. Y ese deseo puede generar nuevos conflictos, incluso provocar agresividad hacia los demás.
O como cuando conoces a alguien, confías en esa persona y entablas una relación cercana: inevitablemente otras personas quedan fuera y pueden sentirse decepcionadas. A veces ese es el precio de querer vivir relaciones muy íntimas: pierdes a otros. Eso es algo que entendí mucho tiempo después.