MARIANO SIGMAN: “NO SOY OPTIMISTA NI TECNO PESIMISTA. TRATO DE SER TECNO RACIONAL”

El escritor y neurocientífico argentino abre fuego desde Madrid sobre tres ejes que atraviesan su obra: la inteligencia artificial, el poder transformador del lenguaje y la conversación como valor y refugio. Desde la incertidumbre -hilo que recorre su pensamiento- Sigman explora cómo la tecnología redefine nuestras certezas, cómo las palabras moldean realidades y de qué manera los vínculos humanos sostienen lo esencial en tiempos de cambio acelerado.

Hay quienes sostienen que la inteligencia artificial nos llevará a la destrucción. En Artificial (Debate, 2023) propones otra mirada. ¿Hay que tenerle miedo?

Trato de evitar frente a cualquier situación, la tentación de catalogarla como buena o mala sin más. Sin duda, esta tecnología tiene un montón de efectos que deberían ocuparnos y preocuparnos, porque toca elementos muy fundamentales de lo humano. Sin embargo, hay otros aspectos en los que ocurre lo contrario: lugares buenos, interesantes, lugares de extensión. Marshall McLuhan tenía la idea de que las tecnologías nos extienden, pero también, nos entumecen, nos reemplazan. Entonces, tenemos que entender cómo funciona la IA, qué cosas pone en riesgo, qué cosas nos permite, cómo la utilizamos mejor. Por eso Artificial no es un libro —yo diría— para encasillarme. No soy optimista ni tecno pesimista. Trato de ser tecno racional

-Quizá… tecno-analítico

-Tecno analítico, sí. Trato de pensar esto un poco desapasionadamente, pero desde una perspectiva sensible, humana, comprometida. Tampoco desde un lugar ingenuo, porque hay muchas cosas que ya no podemos dejar de ver, que están instaladas.

-En ese intento de salir de lo binario -que generaliza y nos hace perder matices-, cuando dices “hay cosas de las que deberíamos estar ocupados”, ¿A qué te refieres concretamente?

-Hay una idea que nosotros llamamos sedentarismo cognitivo: cuando una tecnología reemplaza algo que hacíamos nosotros, entumece esa función que utilizábamos. Desde que existe Google hemos perdido un poco la memoria. Desde que existen TikTok e Instagram, hemos perdido un poco nuestra capacidad de atender a lo que tenemos que atender. El problema es que cuando queremos volver a esas habilidades, ya no las tenemos. No sabemos administrar lo que Jean Piaget define como el concepto mismo de inteligencia: saber qué hacer cuando no sabes qué hacer. Uno de los riesgos enormes de la IA es que se entumezca nuestra capacidad de pensar analíticamente. Quien delega siempre en ChatGPT para pensar o escribir, sin ejercitar esas capacidades, corre el riesgo de atrofiarlas.

-¿Crees que la educación debería volver a poner en el centro habilidades como la argumentación, la memoria y la presencia corporal? ¿Qué implicaría eso en la práctica?

-Hay algo muy interesante en la vuelta a la oralidad. Es la vieja idea de pararte a sostener una tesis: la defiendes sin instrumentos; sin GPT, pero también sin PowerPoint, sin texto, eres tú con tu pensamiento, tus ideas, tu memoria y tu cuerpo defendiendo una idea. Uno podría creer que esto es nuevo, pero en El poder de las palabras (Debate, 2022) cuento que Sócrates estaba enfurecido con la escritura, por- que pensaba que era una herramienta de los pobres mentales, de quienes no podían usar sus propios recursos para recordar y necesitaban un apoyo tecnológico: el papel. Sócrates creía que quien defiende una idea tiene que defenderla sin papel.

-¿Estamos frente a una redefinición de lo humano?

-Humano es un adjetivo complicado. Solemos usarlo en contraste con la inteligencia artificial, como si “lo humano” fuera sólo bueno y sensible, pero en realidad es una mezcla de cosas luminosas y muy oscuras. Basta leer un diario para verlo. Hay un estudio que le pide a una IA que genere la imagen de un esquizofrénico manejando un bus: aparece alguien agresivo, intimidante, que da miedo. Pero una persona con esquizofrenia no es eso; es alguien que sufre desregulaciones mentales, no un violento. Ese sesgo no es de la IA, es nuestro: la idea de que quien está loco es peligroso. Cuando pensamos en lo humano, tendemos a idealizarlo, como si estuviera libre de prejuicios. Pero la inteligencia artificial hereda muchos de nuestros sesgos y, en ese sentido, a veces funciona como un espejo que devuelve nuestras peores caras.

 

“Uno de los riesgos enormes de la IA es que se entumezca nuestra capacidad de pensar analíticamente”

“Hay algo que queremos preservar, un instinto de valorar las cosas porque tienen una historia humana detrás”

 

-En un mundo en el que será cada vez más difícil saber si un texto, una película o incluso una decisión la hizo una persona o una máquina, ¿por qué nos importa que haya alguien detrás y no sólo un algoritmo?

-Esa pregunta tiene dos capas. La primera es: ¿por qué no nos damos cuenta? Hoy ya pasa con una alfombra, una película, una carta o un mensaje político: esa dificultad para distinguir nos obliga a estar más atentos, más escépticos y precavidos, y eso nos cuesta mucho. La segunda es: ¿por qué importa? Porque creemos que compramos una alfombra, pero en realidad compramos la historia de quien la hizo, del tiempo y el esfuerzo que puso allí. Lo mismo con un cuadro: nos importa quién lo pintó, no sólo el objeto final. Hay algo que queremos preservar, un instinto de valorar las cosas porque tienen una historia humana detrás.

-¿Hasta qué punto crees que, más allá de lo que decimos valorar, terminaremos eligiendo lo tecnológico simplemente por conveniencia, incluso en decisiones muy delicadas?

-Tenemos una pulsión que nos hace preferir lo hecho a mano, pero también otra que nos hace elegir lo hecho por máquinas porque es más barato o más eficiente. Esa tensión va a atravesarlo todo. Imagina un futuro cercano en el que un libro escrito por inteligencia artificial -que te conoce y escribe quizá mejor que cualquier persona- sea una opción real. Hoy muchos diríamos: “Quiero un libro escrito por alguien”, pero es posible que en veinte años digamos: “Está tan bien hecho…” y lo aceptemos. Tarde o temprano, todos cedemos ante cosas que jurábamos que nunca haríamos.

“Las palabras son como un cuchillo filoso”

-En el El poder de las palabras planteas la posibilidad de transformar el cerebro con el lenguaje. ¿A qué te refieres específicamente con eso?

-A veces pensamos como si hubiera una separación cartesiana entre el plano de las ideas y el plano biológico, pero esos dos mundos están mezclados. Cuando alguien te dice una palabra, esa palabra transforma el cerebro porque tiene un impacto cognitivo. Tú respondes y ese impacto se materializa en un cambio, en una verdadera transformación cerebral.Hay palabras que sanan y palabras que enferman; palabras que insuflan culpa de manera muy profunda y esa culpa se expresa en dolor, en estigma, en síntomas. Si alguien te dice algo muy ofensivo o muy doloroso, en tu cuerpo se secretan hormonas que modifican tanto el cuerpo como el cerebro.

-¿Estamos subestimando la potencia real que tiene el lenguaje sobre nuestra vida y nuestra salud mental?

-Sí, las palabras son como un cuchillo filoso: si las usas bien, son fenomenales; si las usas mal, lastiman. Creo que subestimamos su poder y las usamos con enorme liviandad. Porque las palabras casi siempre dependen del contexto. Por ejemplo: una chica se encuentra con un exnovio, lo pasan bien y le escribe a su pareja: “Nos hemos encontrado, estupendo. Me voy a cenar, ¿cómo lo ves?”. Y el otro responde: “Haz lo que quieras”. Todos hemos vivido una escena así, donde “haz lo que quieras” significa cualquier cosa menos haz lo que quieras. En ese contexto quiere decir “atente a las consecuencias”, “estoy enfadado”, “vive con mi frustración”, “no me va a gustar lo que hagas”. Y cada una de esas frases deja una marca muy profunda.

-¿Cuál es su relevancia de la conversación, en un mundo polarizado?

-Una gran parte de los problemas que vemos -desde la polarización política hasta las violencias pequeñas entre parejas, amigos o desconocidos en la calle- tiene que ver con no saber conversar, es decir, con no saber intercambiar ideas de manera sana. Conversar es disponerse a escuchar, aflojar las convicciones absolutas y aceptar que sólo vemos una parte del mundo, que el otro completa. Sócrates lo entendía bien: se rodeaba de quienes pensaban distinto y, sin aceptar todo, los escuchaba. Ese “mercado” de ideas lleva más lejos que la obstinación solitaria. No es la única causa de nuestros conflictos, pero si aprendiéramos a conversar mejor, muchos problemas que hoy parecen insolubles serían más abordables.

-¿Y cómo convive esa idea de que muchos de nuestros problemas nacen de no saber conversar con el llamado -presente en la política y tantos otros ámbitos- a sostener convicciones firmes, valentía, coherencia y determinación?

-Estas cosas van juntas. Verlas como opuestas es un síntoma muy claro de un momento en el que la contradicción no se celebra, sino que se critica. Hoy, que una persona pueda cambiar de opinión la vuelve vulnerable, cuando para mí debería ser al revés: cambiar de opinión es una muestra de madurez, de sensatez, de flexibilidad. Lo mismo ocurre con dudar o reconocer que uno no sabe. Hay algo en la inmediatez actual que deja muy poco espacio para la espera y muy poca tolerancia para el tiempo. Y ahí aparece un enorme festejo de personajes que exhiben convicción absoluta, sin ninguna duda. Creo que todo esto está muy relacionado con el pensamiento científico y con la modernidad renacentista, donde se elogiaba la duda y se reconocía el límite del conocimiento propio. Entender que conoces hasta un punto —y que no pasa nada si no sabes algo— es una enorme virtud.

-En este clima político, donde muchos líderes entienden el diálogo y la duda como signos de debilidad, ¿cómo se puede reivindicar hoy el valor de escuchar al otro y cambiar de opinión?

-Creo que una gran parte del problema tiene que ver con la manera en que hoy se comunica. Si pones un TikTok que empieza con “Mira, no estoy seguro…”, nadie lo comparte. Si empiezas con “La Tierra es plana”, lo ven millones. McLuhan decía que los medios no sólo cambian lo que decimos, sino lo que pensamos y cómo pensamos. Eso produce un tipo de personalidad que sobrevive en ese medio: inmediata, emocional, sin matices. Antes un político daba un discurso y todos lo veían entero; hoy vemos fragmentos diseñados para tentarnos y confirmarnos. Vivimos en un tiempo muy líquido, y esa liquidez hace que los mensajes más contundentes -los de volumen, color, fuerza y convicción absoluta- sean los más efectivos. Escuchar, dudar y matizar parecen gestos débiles cuando, en realidad, son gestos profundos de inteligencia.

-Cuando piensas en este cambio radical, ¿crees que las relaciones democráticas y cívicas van a transformarse en algo que aún no conocemos, o ves una posibilidad real de recuperar la política del diálogo y de los acuerdos?

-La respuesta es, justamente, que no lo sé. Creo que nadie sabe qué va a pasar. Cuando alguien afirma categóricamente “en tres años se acaba esto”, “va a pasar aquello” o “se viene la singularidad”, me cuesta creer que, en un mundo tan volátil, alguien pueda tener esa certeza. Además, la historia tiene muchas escalas temporales: es muy difícil saber qué ocurrirá en diez o en cincuenta años. Si miras la historia humana, ves ciclos. Puedes pensar en la conversación socrática, en el Renacimiento o en la posguerra europea. Alguien que creció en España, Francia o Italia en los años noventa probablemente siente que ciertas cosas están garantizadas para siempre: una cierta cordialidad política, la democracia, un progreso lineal hacia políticas más humanistas. Pero para los griegos debió de ser muy difícil anticipar que, 150 años después, el mundo sería un caos. Para los Medici, también debía de ser impensable que, un siglo más tarde, la gente se estuviera matando. Y lo mismo ocurre en muchos otros momentos históricos.

-¿Te parece que la cultura -la música, el arte- también son formas de conversación?

-Sin duda. A veces uno conversa sin decir una palabra; conversar también es estar al lado de alguien y escucharlo. La conversación cambia con la música que escuchamos, con el arte que consumimos. Cuando llegan los Beatles, cambia la conversación en el mundo. Hay algo que se llama la Ventana de Overton, una idea de la política que define el espacio de los temas de los que una sociedad conversa. Y ese espacio cambia con cada época. Por ejemplo, cuando Trump dice “vamos a anexar Groenlandia”, al principio parece un disparate, pero seis meses después ya está instalado en la conversación. Hace dos años nadie habría hablado de eso. Hay fuerzas -políticas, artísticas, literarias- que no sólo cambian el tono de la conversación, sino también de qué se habla. Cuando los Beatles dicen “hablemos de amor” y “hablemos de paz”, cambian el marco completo. Lo mismo cuando escuchas reggaetón o cuando estás en un bar conversando: la cultura mueve la conversación pública y privada.

 

“Entender que conoces hasta un punto —y que no pasa nada si no sabes algo— es una enorme virtud”

“Cuando pensamos en lo humano, tendemos a idealizarlo, como si estuviera libre de prejuicios. Pero la inteligencia artificial hereda muchos de nuestros sesgos, y, en ese sentido, a veces funciona como un espejo que devuelve nuestras peores caras”

 

-¿Y qué pasa con aquello de lo que no hablamos?

-También hay muchos temas de los que no se habla. Creemos que conversamos de todo, pero no es así. Hay un libro medieval de Frigelio sobre la nada y las tinieblas, y me conmueve pensar en alguien en el siglo XII dedicándose a preguntar si la nada existe. Siglos después, Cantor empieza a preguntar si el infinito puede medirse. Eso muestra cómo una sociedad abre o cierra ventanas de conversación. Hoy hablamos de cosas que hace 50 años eran impensables, y dentro de 50 años se hablará de otras que hoy ni imaginamos. No todas esas conversaciones son mejores: algunas progresan, otras retroceden. Por eso creo que cada tanto hay que detenerse y preguntar: ¿De qué estamos hablando? ¿Cuál es hoy nuestra Ventana de Overton? ¿Deberíamos abrir otras conversaciones o hablar de otra manera? La mayoría de nuestras conversaciones cotidianas son irrelevantes —el clima, un partido de fútbol— porque son zonas de confort, formas de encontrar un punto común con otro. En ese sentido, uno podría pensar en la importancia de abrir conversaciones, de instalar ciertos temas y, sobre todo, de aprender a preguntar más que a responder.

-¿Cómo se ejercita esa capacidad de preguntar?

Un buen ejercicio, incluso en un ascensor, es acercarte a alguien y preguntarle: “¿Qué es lo más bonito de este barrio para ti? ¿Qué es lo que más te gusta de acá?”. La otra persona al principio te mira sorprendida, pero de repente empiezan a aparecer cosas interesantes.

 

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