Los signos de nuestros tiempos o la compleja semiótica contemporánea
Vivimos un momento de abrumadora creatividad y velocidad en la manera en que nos comunicamos. Cuántos de estos cambios se mantendrán está por verse. El hecho es que este lenguaje multimodal, disperso y cambiante es una manifestación de la lógica cultural en la que vivimos.
Hoy leemos y escribimos más que nunca. Convivimos con una multiplicidad de formatos que implican, cada uno, sus propias convenciones discursivas. Tweets, captions, newsletters, stories, mails, whatsapps, tienen asociadas sus propias reglas respecto a la forma en que escribimos, desde la extensión, a sus hashtags y abreviaciones. Entender las nuevas maneras de comunicarse actualmente va más allá que conocer algunas expresiones: existe todo un nuevo código que incluye palabras, imágenes y alteraciones en el sistema de la lengua a un nivel mucho más complejo. Y, además, a una velocidad cada vez más difícil de seguir.
Tradicionalmente el cambio lingüístico se había entendido como un proceso gradual; para que un cambio se instaurase era necesario un tiempo considerable para establecer, difundir e institucionalizar la innovación. La rapidez de la comunicación hoy en día y el alcance de la difusión de los cambios evidentemente han cambiado este criterio: los procesos se hacen veloces, la inmediatez los difunde, las modas lo instauran. Muchos se sorprenden cuando se menciona como factor relevante de cambio en las lenguas que éstas están sujetas también a modas, tal como el vestuario. Hoy en día, por ejemplo, abundan las construcciones con el sufijo -ía, hoy tenemos desde las tradicionales panaderías a auterías, letrerías o jeanerías. Es una moda, que permite la innovación lingüística y que lleva asociada una carga sociopragmática que responde a las tendencias de cierta época.
En suma, la lengua no queda fuera de los cambios del entorno y hoy estar al día de estos códigos perpetuamente en renovación parece una tarea casi imposible. Hace algunas décadas, los lingüistas chilenos Marcela Oyanedel y José Luis Samaniego observaban cómo algunos fenómenos se iban trasladando desde la norma inculta a la culta, como el queísmo. Es decir, omitir la preposición de en una construcción como “Me acordé de que tenía que salir” se estaba incorporando a la lengua estándar con la variante aceptada “Me acordé que tenía que salir”. Hoy ese tipo de análisis es mucho más complejo, pues la definición de una lengua estándar y de sus diferentes registros se ha ido desdibujando. Los nuevos canales -mails, whatsapp, DM- están cambiando nuestra percepción de la adecuación de los registros entre lo formal y lo informal. Un mensaje de whatsapp, ¿es siempre informal? ¿Cómo se escribe en uno de estos mensajes a un superior jerárquico? ¿Puedo omitir marcas ortográficas, como tildes o signos de interrogación, en ciertos intercambios comunicativos tradicionalmente considerados “formales”?
Por otro lado, uno de los aspectos que permiten identificar que un texto no ha sido escrito por un humano, sino por un modelo de lenguaje generativo, según diversos estudios, es su carácter excesivamente formulaico y cortés. Esto significa que cualquier escrito, incluso de autoría de una persona real, corre el riesgo de parecer automatizado por el hecho de apegarse “demasiado” a una estructura o vocabulario tradicionalmente considerados formales o estándar. Se podría pensar, entonces, que estamos ante un cambio de lo que se considera culto, estándar o formal. Una prueba mucho más anecdótica que ilustraría este cambio de paradigma es el retroceso del pronombre de segunda persona formal. La “muerte de usted”, un fenómeno que se ha estudiado desde la década de los 70, ilustraría todo un cambio en la estructura social hacia relaciones más igualitarias. Más aún, el cómo nos dirigimos a las personas es hoy también un tema de profunda controversia lingüística: los intentos por romper el sistema binario introduciendo formas neutras han tenido una aceptación muy disímil en la sociedad.
Todo esto tomando en cuenta la comunicación verbal, cuando ya es habitual comunicarse con mensajes visuales y multimodales: emojis, gifs, memes, que combinan no solo imágenes, texto y movimiento, sino que todo un sistema de referencias culturales para poder entenderlos y, lo más importante, saber usarlos adecuadamente. Es por ello que evidencian brechas generacionales, pero, a la vez, cuestionan ciertos límites sociales. Se trata de un universo intertextual en que es sumamente complejo participar, pues requiere estar siempre atentos, informados de los contenidos virales que surgen, reproduciendo estos contenidos y creando otros sobre ellos. Son manifestaciones aparentemente sencillas que engloban mensajes sociológicos que pueden ser sumamente complejos.
Sí, estamos leyendo, escribiendo y cambiando más que nunca. Es un momento de abrumadora creatividad y libertad también en las lenguas. Cuántos de estos cambios se mantendrán está por verse. El hecho es que este lenguaje multimodal, disperso y cambiante es una manifestación de la lógica cultural en la que vivimos. Nos permite expresar la incertidumbre que nos rodea de muchas maneras, cuestionar los paradigmas y hacer de nuestra forma de expresarnos como hablantes una herramienta que sintamos como propia.