Los mundiales a través de los álbumes
Una vez más vuelven los sobres, las láminas y los intercambios acompañando la realización de una nueva copa del mundo. Una historia que se repite cada cuatro años y da cuenta de una tradición -y entretención- análoga que se mantiene en el tiempo.
En un mundo en el que todos nuestros sentidos parecen volcarse a la virtualidad, en el que las relaciones entre personas se hacen a través de las redes sociales, en el que la lectura se ha reducido a post, en el que los niños han abandonado los patios y las canchas de fútbol para recorrer mundos virtuales en los videojuegos, los álbumes de fútbol siguen siendo una luz de esperanza.
Un pedacito de realidad en el que las niñas y los niños tienen la posibilidad de volver a tocar el papel, sentir los olores de la tinta, disfrutar rompiendo los sobres en el que vienen las láminas, ilusionarse con que tendrán el futbolista que les falta, aprender de las láminas repetidas, de ese jugador iraquí que ni siquiera es titular y que te aparece una y otra vez y de aquellos que quedaron mal pegados, la resiliencia.
Detrás de esto hay un negocio multimillonario de parte de la FIFA. Desde que el brasileño João Havelange se hizo cargo de la organización en 1974, lo que era un deporte se transformó en una máquina que no para de generar millones de dólares y que cada vez tiene menos pudor en tomar acciones que multipliquen las ganancias.
El mejor ejemplo es esta última edición del Mundial que aumentó de 32 a 48 los equipos participantes. Se multiplican las sedes (por primera vez se realizará en tres países), los partidos, los derechos de televisión, la publicidad y, por supuesto, el número de páginas en el álbum de fútbol.
Más allá de todo esto, de la misma forma como debemos disfrutar los partidos en sí mismos por la calidad de los jugadores, nivel de espectáculo y las emociones que generan en los hinchas, hay que rescatar esta tradición que se remonta a 1961 cuando a los hermanos Giuseppe, Benito, Umberto y Franco Panini se les ocurrió meter las fotos de los jugadores de la Liga italiana en sobres cerrados y venderlos en su kiosco.
Antes de Panini hubo otros álbumes de fútbol. Se dice que el primero fue para el mundial de Brasil de 1950 promocionado por una fábrica de dulces y que pocos cariocas deben haber conservado luego de la desastrosa derrota frente a Uruguay en el Maracanazo.
Chile, a pesar de que no teníamos nada, como dijo el dirigente Carlos Ditborn para adjudicarse la localía frente a la FIFA, fue capaz de organizar un mundial y contar además no con un álbum de fútbol, sino tres.
El primero era auspiciado por una fábrica de caramelos y tenía como principal rostro a Sergio Livingstone en un rol de Asesor Deportivo (el arquero ya se había retirado). Al ser un álbum enfocado en la juventud, poseía un toque más bien cultural, con referencia a las banderas, características de los países y palabras clave en el idioma original de los jugadores de otras nacionalidades, por si surgía la posibilidad de decirles: hola, amigo, gracias, etc.
El segundo álbum era de la empresa CODARTE y poseía una estructura similar a la que tendrían posteriormente los álbumes de Panini. En dos páginas aparecía la selección de los países con 20 jugadores cada uno (igual que ahora) y cerraba con el fixture de los partidos.
El tercero, en tanto, fue toda una curiosidad. Tan raro como escaso, fue el resultado de una combinación entre una empresa de calugas y chicles y el famoso dibujante Luis Gómez Zepeda (Lugoze), quien años después asumiría la dirección de la popular revista satírica Topaze. Con mucho ingenio y talento, Lugoze reprodujo las caricaturas de cada uno de los jugadores para ser transformadas en las láminas a través de las cuales se completaba el álbum.
Hay que recordar que para 1962 el fútbol no era popular en Chile. La televisación del mundial, el extraordinario tercer lugar alcanzado por el país y, por qué no, estos álbumes fueron factores que lo terminaron transformando en un fenómeno de masas.
Con la llegada de la familia Panini, para el Mundial de México en 1970, el tema se regularizó por parte de la FIFA y aunque no pudieron limitar versiones alternativas, su álbum terminó siendo el más buscado y coleccionado.
Un repaso por cada una de las ediciones que se hicieron permitiría hacer un curso sobre Historia Contemporánea. A modo de ejemplo, si tienes el álbum de Francia 98, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 podrás encontrar la lámina de Dejan Stanković representando a Yugoslavia, Serbia y Montenegro y Serbia, respectivamente.
Mientras que las primeras ediciones, desde Brasil en 1950 en adelante, los jugadores resultan fácilmente identificables con sus países, hacia el álbum de Corea y Japón del 2002 ya nos encontramos con un mundo globalizado, casi sin etiquetas. Podríamos pensar en un “Fin de la Historia futbolero”, parafraseando a Francis Fukuyama.
Y es que los álbumes mundiales son un mapa de los flujos migratorios alrededor del mundo, en especial, del impacto que ha tenido en las últimas décadas África en Europa. En la selección de Francia, que ganó el mundial de 2018, por citar un caso, un tercio de los futbolistas tenían raíces africanas directas (padres o abuelos), con ascendencia de países como Camerún, Mali, RD Congo, Guinea, Argelia, Marruecos, Senegal y Togo.
El mundo actual es un espacio diverso y multicultural y si antes podíamos intuir de dónde era un jugador con solo verlo, hoy celebramos que tengamos que averiguar a cuál de los 48 países pertenece y buscar su lugar entre las 980 láminas y 112 páginas que tiene la última edición de Panini.
Es verdad que con esa cantidad de láminas este álbum dejará a algunos quebrados o endeudados, pero puede ser una inversión cultural para sus hijos o para usted. Y no sólo por todo lo que se puede aprender a través de ellos o por el valor que pueden adquirir con el tiempo.
Un último consejo: no piense en terminarlo, por el contrario, disfrute el camino. Desde las primeras láminas que se pegan, las que se intercambian, las que se apuestan golpeándolas y volteándolas con la mano, hasta las repetidas que quedarán guardadas para siempre en un cajón. Sin los celulares a la vista, van a volver a disfrutar como niños.