JUAN GABRIEL VÁSQUEZ:
“LA LITERATURA ES UN VIAJE HACIA EL OTRO, PROMUEVE LA EMPATÍA Y NO ADMITE LA CANCELACIÓN”
Considerado uno de los novelistas actuales más relevantes de Latinoamérica, el escritor colombiano (Bogotá, 1973) se ha consolidado como una voz penetrante e incómoda que interpela al poder y la tradición. En esta entrevista reflexiona sobre la adolescencia política de América Latina, la relación entre literatura y democracia, la obsesión como motor creativo y el papel amenazante de la novela en tiempos de autoritarismo.
– Muchas de tus novelas exploran la intersección entre la historia pública y la vida privada, mostrando cómo ésta influye en la vida de los individuos. ¿Qué papel ha jugado la política en tu obra?
– Crecí rodeado de relatos familiares que reflejaban las tensiones políticas y la violencia de los años ‘40 y ‘50 en Colombia. Mi familia vivió esos momentos de cerca: un tío fue asesinado por campesinos liberales, y mi abuelo paterno escapó de su ciudad después de recibir una amenaza de muerte. Todo eso formaba parte de mi folclore personal. Y eso era lo que yo siempre supe que quería contar. Al principio, como escritor, me sentía incapaz de abordar estos temas tan complejos y ambiguos. Seguí el consejo de Hemingway, que decía que uno sólo debe escribir sobre lo que conoce bien. Por eso, mis primeros libros no tocaban la historia de Colombia. Con el tiempo, y tras leer a otros autores, comprendí que no ser el protagonista no es un obstáculo, sino, a veces, la razón misma para escribir. Así fue como, en 2002, empecé con Los informantes. Desde entonces, la historia colombiana ha sido mi obsesión.
– ¿Cómo ves la situación actual de Colombia? ¿Coincides con la hipótesis de Carlos Granés, en Delirio americano, sobre el drama que significa la confusión entre la perspectiva del narrador y las decisiones del gobernante en América Latina?
– La hipótesis de Carlos me resulta muy interesante, incluso más que la mía. La clase dirigente colombiana siempre ha tenido ínfulas literarias que no pueden esconder. Lo de Petro, sin embargo, es extraño, ya que se reivindica como Aureliano Buendía, sin percibir que esa figura, en Cien años de soledad, es políticamente torpe y fanática.
– ¿Y cuál es tu planteamiento?
– Para mí, hay un divorcio esencial entre dos visiones que han marcado la historia colombiana. La conservadora, que abre espacio a la religión católica en la vida pública, y la liberal, que aboga por políticas laicas. Estas dos visiones, opuestas, han coexistido en una sociedad que nunca ha abandonado la idea de que la violencia es la mejor forma de llevar las ideas a la práctica. Por esta razón, Colombia fue el país con más guerras civiles en el siglo XIX, y vio cómo estas tensiones se transformaban en el siglo XX con el auge de las ideas comunistas y fascistas. La Revolución cubana sirvió de paraguas ideológico para las guerrillas de los años ‘60 y, frente a ese estímulo, la derecha se radicalizó, dando paso al para- militarismo con la complicidad del Estado. Todo es un ciclo que se retroalimenta, que cambia de actores, que cambia de insumos, pero sigue igual.
– Ese divorcio al que te refieres ¿refleja una suerte de adolescencia latinoamericana que se niega a aceptar las reglas del juego?
– Sí, sin duda. La sociedad latinoamericana puede enten derse en una adolescencia permanente. No hemos entendido que la democracia no es un lugar de llegada, sino un proceso constante, un camino de negociación. Como decía Isaiah Berlin, pueden existir dos proyectos de sociedad válidos pero opuestos, y eso es lo que nos cuesta aceptar. Creemos que, debido a que existe una sociedad ideal al final del camino, está legitimado tomar atajos, violar las reglas cuando conviene y condenar la violación cuando no conviene. En países como Colombia, la historia de la violencia política, llena de magnicidios, refleja esta mentalidad: la idea de que todo se vale para imponer o impedir un modelo.
“La sociedad latinoamericana puede entenderse en una adolescencia permanente. No hemos entendido que la democracia no es un lugar de llegada, sino un proceso constante, un camino de negociación”.
Literatura & democracia
– Hace poco murió Mario Vargas Llosa, y su partida reabrió la discusión sobre el valor de leer novelas y su relación con la democracia. ¿Crees que sigue siendo valioso leer ficción?
– Sí, claro. La lectura de novelas y el contacto sostenido con las grandes ficciones que ha producido la mente humana es enormemente productivo. Lo que pasa es que no se puede cuantificar. Pero los lectores de novelas sabemos que éstas contienen una información invaluable para comprender los fenómenos sociales y para desarrollar la empatía y la reflexión. Hay un pasaje que siempre cito de Milan Kundera en Los testamentos traicionados, donde afirma que las sociedades europeas suelen considerarse las inventoras de los derechos humanos. Pero, como reflexiona Kundera, antes fue necesario inventar la noción de individuo, y eso sólo ha sido posible gracias a la novela y a las artes.
– ¿En este sentido es el vínculo con la democracia?
– Sí, la novela nos enseña a sentir curiosidad por vidas que no son la nuestra y a interesarnos por verdades ajenas. Para mí, y también para Kundera, existe una relación directa entre el nacimiento de las democracias en el siglo XVIII y las novelas que comenzaron a publicarse dos siglos antes, como Lazarillo de Tormes, Don Quijote y, antes aún, Rabelais. Estas novelas nos piden por primera vez que consideremos una vida, una vida pequeña, que existe en los márgenes de la historia, como digna de nuestra atención, de nuestra protección y de nuestra simpatía. Este impulso va directamente ligado a las conquistas democráticas que celebramos siglos después.
– Albert Camus afirmaba que la novela moderna, desde Don Quijote, ha mantenido un ADN disidente y cuestionador. ¿Cómo ves la relación entre la literatura y la crítica al poder?
– Camus distinguía entre literatura de consentimiento y literatura de disidencia. Según él, la novela moderna abandona los tradicionales espacios de consentimiento, donde las obras se escribían para rendir homenajes, y se convierte en un espacio de disidencia que cuestiona al poder. En una conversación entre Vargas Llosa y García Márquez en el ‘67, este último dice que ninguna buena novela ha elogiado los valores establecidos. Las novelas siempre cuestionan, siempre meten un poco de cizaña. Siempre. Cuando Vargas Llosa habla del novelista como aguafiestas, es eso. Entonces, cuando un sistema democrático va basculando hacia la autocracia o hacia el autoritarismo, con frecuencia lo primero que hace es perseguir a los novelistas.
– ¿Y cómo ves hoy la tensión entre esa democracia, heredera de la novela y ligada a la noción de individuo, y la cancelación?
– La tensión entre la novela y el movimiento de “cancelación” refleja la convivencia de dos éticas: la de la literatura y la de las redes sociales. La literatura es un viaje hacia el otro, promueve la empatía y no admite la cancelación. Al leer nos sumergimos, por ejemplo, ¡en la mente de un asesino como Raskolnikov por 400 páginas! Las redes sociales, en cambio, fomentan un narcisismo donde todo se mide según cómo nos afecta. La ensayista italiana Jia Tolentino subraya, en su libro Falso espejo, que las redes sociales nos han convencido de que todo lo que ocurre es un comentario sobre nosotros mismos. El usuario de las redes sociales en Santiago de Chile, por ejemplo, está indignado con la guerra de Ucrania porque le parece que eso lo ofende personalmente, no porque haya una ruptura del orden internacional y de los derechos humanos. La literatura, por el contrario, nos enfrenta a perspectivas diferentes y complejas, haciendo de la diversidad de puntos de vista su mayor riqueza.
“Algunos de los políticos que más han transformado para bien nuestras sociedades han sido, con frecuencia, lectores de literatura. Pienso en François Miterrand. Pienso en Churchill. Ahí tienes a un socialista y a un conservador. En la otra orilla, la ausencia de imaginación sobre el otro es dramática, como se refleja en Donald Trump”.
– Volviendo a la relación literatura y política, ¿crees que la capacidad de imaginar al otro, desarrollada a través de la literatura, cumple un rol en el ejercicio del poder?
– Para mí hay una diferencia enorme entre el ejercicio de la política del que es capaz un hombre o una mujer que lee novelas y que va a exposiciones, y el que no. El que no, efectivamente, carece de la posibilidad de ver el mundo desde unas coordenadas distintas a las propias. Y eso políticamente no es banal. Algunos de los políticos que más han transformado para bien nuestras sociedades han sido, con frecuencia, lectores de literatura. Pienso en François Miterrand. Pienso en Churchill. Ahí tienes a un socialista y a un conservador. En la otra orilla, la ausencia de imaginación sobre el otro es dramática, como se refleja en Donald Trump.
– ¿En qué sentido?
– No sentir nada cuando se manda injustamente a un venezolano a una cárcel en El Salvador, sólo es posible porque se es incapaz de imaginar lo que esa persona puede estar sufriendo o el miedo que enfrenta en una situación de vulnerabilidad. Voy a usar términos que hoy en día se han vuelto clichés, asociados al “buenismo” y la banalidad, pero la falta de la capacidad de imaginar al otro conduce a un quiebre en la empatía. Y sin empatía ni tolerancia, las sociedades lentamente se desmoronan. Pierden los anticuerpos necesarios para defenderse de los procesos de deshumanización, y cuando las fuerzas que las mantienen unidas fallan, se desordenan y surgen fenómenos como los de Trump o Hitler.
– ¿Y tenemos vuelta atrás en esto?
– Es una muy buena pregunta. No lo sé, no lo sé, porque la gran trampa de todo esto es que esta actitud es muy rentable. Es decir, las redes sociales han puesto en marcha un modelo de negocio que hace que la mentira, el odio, la calumnia, el ataque, se puedan monetizar. Los ciudadanos saben que, poniendo un video en YouTube y en Spotify, el prudente, razonado, ecuánime, no va a ninguna parte. Pero si mienten, si calumnian, si atacan, si explotan el conflicto, el odio, el racismo, las fobias y la intolerancia, eso puede generar, mucho dinero.
“Voy a usar términos que hoy en día se han vuelto clichés, asociados al ‘buenismo’ y la banalidad, pero la falta de la capacidad de imaginar al otro conduce a un quiebre en la empatía. Y sin empatía ni tolerancia, las sociedades lentamente se desmoronan”.
La novela como obsesión
– ¿Cuáles son las novelas o lecturas canónicas que, de alguna manera, te han formado como escritor?
– Podría hablar de esto durante tres días, pero, para resumir, hay dos momentos clave. El primero es el inicio de mi vida como lector, y luego, el nacimiento de lo que podríamos llamar mi vocación. En esos dos momentos, hubo novelas que fueron fundamentales para mí, que me moldearon y ayudaron a definir mi identidad y mi visión del oficio. En el boom latinoamericano, autores como Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar, García Márquez, Donoso, junto a Borges, Rulfo y Onetti, fueron esenciales. En la novela en inglés, Virginia Woolf, Joyce, Faulkner, Hemingway, también marcaron mi camino. Luego, el siglo XIX entró en mi vida de manera crucial, con los rusos: Tolstói, Dostoievski, Chejov. Los franceses, como Flaubert y Stendhal, y las escritoras inglesas como Charlotte Brontë y Jane Austen, son mis ángeles guardianes. Hay una cita de Madame de Staël, novelista francesa del siglo XIX, que resume bien lo que me interesa de la literatura: “Las novelas saben cosas que nadie debería saber. Saben cosas de nosotros que nadie debería saber”. Esa es la literatura que más me ha interesado: la que nos permite entrar en los lugares secretos y ocultos que preferiríamos no conocer, pero que, sin las novelas, no sabríamos.
– ¿En qué minuto decidiste ser escritor?
– Decidí convertirme en escritor en 1993, aunque no fue tanto una decisión de comenzar a escribir, sino más bien aceptar que siempre lo he sido. Crecí en una familia de abogados y, como era tradición, debía seguir ese camino. Empecé a estudiar Derecho, convencido de que la literatura era sólo una actividad para el tiempo libre. Pero siempre escribí, desde que a los 8 años gané un concurso escolar con un cuento que se publicó en el anuario de mi colegio. Desde entonces, escribía historias importantes para mí, pero mi destino parecía ser la abogacía, con la literatura como una pasión secundaria. A mitad de mi carrera en Derecho, comprendí que la literatura es un oficio excluyente que exige devoción total, y fue el ejemplo de Mario Vargas Llosa el que me hizo darme cuenta de ello.
– Dices que el motor de tu literatura es la obsesión, que es imposible pensar una novela sin ser obsesivo. Me encantaría que me pudieras explicar eso.
– Una novela es un ejercicio que exige una atención sostenida a lo largo del tiempo, centrada en una historia con sus implicaciones; en una vida ficticia y en el destino de personajes que no existen. Todo esto sería imposible sin una relación casi obsesiva con el material. Es necesaria una relación un poco malsana con el mundo que estamos tratando de contar, para que la novela llegue a buen término.
– En tu obra, Los nombres de Feliza, se percibe una obsesión central. ¿Cómo nace y qué impacto tiene en tu escritura?
– La obsesión comenzó con una columna de García Márquez que leí en 1996, en la que mencionaba la muerte de Feliza como “murió de tristeza”. En ese momento, despertó mi curiosidad. Sin embargo, esa curiosidad se fue transformando en obsesión a lo largo de los años, alimentada por pequeños descubrimientos. A diferencia de otras historias que pronto olvidé, esta se quedó y se aferró a mi imaginación. Descubrí que Feliza no sólo había muerto de tristeza, sino que había sido amante del poeta Jorge Gaitán Durán, una figura fascinante. Más tarde, supe de un accidente en Cali relacionado con personas que conocía. Así, el personaje se fue enriqueciendo, y me di cuenta de que la única forma de liberarme de esa obsesión era escribir un libro sobre ella.