Impactos cósmicos portadores de vida
A menudo retratados como heraldos de destrucción, los choques de cometas y asteroides también han sido portadores de vida. Le dieron forma a nuestro planeta, probablemente aportaron su agua, y abrieron oportunidades evolutivas decisivas.
Jorge Cuadra
Departamento de Ciencias
Estamos acostumbrados a pensar en los impactos de astros a la Tierra como fenómenos catastróficos. Así los muestra el cine, desde clásicos como When Worlds Collide hasta la reciente Don’t Look Up. Y, por supuesto, un impacto puede ser devastador. Los efectos van desde daños locales, como la explosión sobre Tunguska, Siberia, en 1908, hasta extinciones globales, como la ocurrida hace 65 millones de años tras el impacto de Chicxulub, que selló el destino de los dinosaurios.
Sin embargo, estos choques también han tenido un papel constructivo en la historia de la vida terrestre. La misma desaparición de los dinosaurios abrió espacio para la expansión de los mamíferos, que gracias a su sangre caliente y menor tamaño sobrevivieron al cataclismo y, con el tiempo, llenamos los nichos ecológicos vacantes.
Más aún, la Tierra misma nació de una sucesión de choques. En el origen del Sistema Solar, hace unos 4.500 millones de años, millones de pequeños cuerpos, llamados en este contexto planetesimales, orbitaban alrededor del Sol. La gravedad los hacía desviarse, chocar y fusionarse unos con otros. Así se formaron los planetas, incluido el nuestro.
Uno de los últimos encuentros de este tipo, fue particularmente violento. Un cuerpo del tamaño de Marte, conocido como Tea, colisionó con la Tierra primitiva, lanzando al espacio parte de su manto y corteza. Ese material quedó atrapado por la gravedad terrestre, formó un anillo y, con el tiempo, se condensó en nuestro satélite natural: la Luna.
La presencia de la Luna sería crucial para el desarrollo de la vida. Las mareas que la Luna produce hacen que el nivel del mar suba y baje periódicamente, generando ciclos de inundación y evaporación en la zona intermareal. Es posible que en esas pozas efímeras se dieran las condiciones que facilitaron la aparición de las primeras moléculas vivas.
Durante esos inicios tumultuosos, la superficie de la Tierra era un infierno. El calor de los impactos evaporó cualquier agua superficial. La radiación solar, además, disociaba el vapor de agua: los átomos de hidrógeno, ligeros y veloces, escapaban al espacio. Entonces surge una pregunta clave: ¿de dónde viene el agua que hoy cubre dos tercios del planeta? Una hipótesis muy estudiada propone que asteroides y, sobre todo, cometas trajeron el agua a la Tierra durante sus frecuentes colisiones con nuestro planeta. Los cometas son, en esencia, icebergs espaciales: bloques de hielo mezclados con polvo y minerales.
Una manera de comprobar esta idea es analizando la composición del agua. No toda el agua es igual: varía según la proporción de sus isótopos. En las moléculas de agua corriente, los átomos de hidrógeno tienen un solo protón. Pero una pequeña fracción contiene un hidrógeno “pesado”, el deuterio, que posee además un neutrón. Químicamente se comporta igual, pero su abundancia deja una huella identificable y estable en el tiempo.
En la Tierra, la proporción de deuterio es de unas 150 partes por millón; es decir, por cada millón de moléculas de agua, 150 contienen un hidrógeno pesado. A fines del siglo XX, las primeras mediciones en cometas parecían contradecir la hipótesis del origen extraterrestre del agua. En 1986, la sonda Giotto midió el agua del cometa Halley y encontró el doble de deuterio que en el agua terrestre. Aunque el valor se corrigió más tarde, la mayoría de los cometas estudiados mostraba una proporción de deuterio mayor a la de los océanos de la Tierra.
Pero la historia acaba de dar un giro. Durante el paso del cometa Pons–Brooks cerca de la Tierra en 2024, un equipo internacional liderado por Martin Cordiner, de la NASA, usó el radiotelescopio ALMA para medir con una precisión sin precedentes la proporción de deuterio. El resultado fue sorprendente: 170 partes por millón, prácticamente igual a la composición del agua terrestre. Este hallazgo sugiere que al menos parte del agua de la Tierra pudo provenir de cometas como el Pons–Brooks. Dicho de otro modo, tal vez el agua que bebemos, los océanos que moderan el clima y los mares donde surgió la vida sean, en realidad, un regalo del espacio profundo.
Así, los impactos cósmicos, a menudo retratados como heraldos de destrucción, también han sido portadores de vida. Le dieron forma a nuestro planeta, probablemente aportaron su agua, y abrieron oportunidades evolutivas decisivas. Los cometas, en lugar de simples mensajeros del desastre, pueden haber sido los portadores de los ingredientes de la vida.