El término medio es … un extremo

A veces cambiamos de opinión acerca de algo porque las circunstancias han cambiado; otras, porque ha cambiado nuestra idea de lo que está bien. Y si esto vale para cada uno de nosotros, también vale para quienes toman decisiones que afectan a toda una comunidad. ¿Cambió su juicio porque cambió el contexto, o porque cambió su idea de bien común? Pero en este plano es posible plantearse una tercera opción ¿Y si cambió de juicio porque su noción de bien común, en realidad, nunca lo fue?

Cuando me preguntan si tiene sentido enseñar textos clásicos hoy – en particular filosóficos –, mi respuesta es clara: absolutamente sí. De esto, por supuesto, no se sigue que considere que las ideas contemporáneas carezcan de valor.

Durante mi época universitaria tuve la suerte de cursar filosofía antigua con el profesor Héctor Carvallo. En una de sus clases, estábamos leyendo la Ética a Nicómaco de Aristóteles, específicamente su conocida – y a veces malinterpretada – noción del “término medio”. Aristóteles describe la virtud como el justo medio entre dos extremos viciosos: el exceso y el defecto. Así, la valentía se sitúa entre la temeridad y la cobardía; la generosidad, entre el despilfarro y la mezquindad.

En ese momento, visualicé esta idea como un punto en la mitad de una línea. Tiene sentido, pensé, si uno considera que, según Aristóteles, “errar es fácil y se puede de muchas maneras, pero acertar solo de una”. Pero luego el texto agrega algo desconcertante: ese “término medio es, en cierto modo, un extremo”. La línea dejó de ser útil.

Fue ahí cuando Carvallo – con la sabiduría de quien sabe acompañar la confusión – nos lanzó una pregunta simple pero decisiva: “¿Con cuál figura geométrica representarían lo que Aristóteles está diciendo?”.

De pronto, en mi mente, el punto que marcaba la mitad de la línea se elevó por sobre ésta y se transformó en el vértice superior de un triángulo.

Esa imagen permitió que lo que antes era una intuición confusa se volviera comprensible. El triángulo sugería que el término medio no es un punto fijo, sino móvil: puede desplazarse según la situación, sin dejar de ser virtud. Al igual que el vértice superior del triángulo se puede mover entre los extremos de la base manteniendo la forma, la acción virtuosa puede variar sin perder su orientación hacia el bien. Pero esta movilidad no significa relativismo. La virtud no es simplemente “hacer lo que me parece”. Está condicionada por el juicio racional, por la prudencia práctica, y se mueve dentro de márgenes claros: los extremos son siempre viciosos.

Desde entonces, cada vez que enseño la Ética a Nicómaco, repito la pregunta de Carvallo. Y casi siempre, al llegar ese momento de asombro en el que el triángulo aparece como una revelación, ocurre lo que en docencia más importa: una experiencia genuina de aprendizaje. De esas que se encarnan en nosotros y que por tanto recordamos por siempre, no porque hacemos ‘copy paste’ en nuestra memoria de las ideas involucradas en esta experiencia, sino porque estas ideas se convierten en una fuente de herramientas para reflexionar acerca de diversos asuntos relevantes para nuestra existencia y, en este sentido, devienen más bien versátiles.

Uno de los temas que la noción de término medio aristotélico nos ayuda a pensar, es la complejidad de defender ideas de centro en política. A la luz de esta noción, el centro no es mediocridad ni tibieza – como a veces se piensa –, sino una forma exigente de pensar y actuar.

Otro tema – aunque vinculado al recién mencionado – es el cambio de opinión. A veces cambiamos de opinión acerca de algo porque las circunstancias han cambiado; otras, porque ha cambiado nuestra idea de lo que está bien. Y si esto vale para cada uno de nosotros, también vale para quienes toman decisiones que afectan a toda una comunidad. ¿Cambió su juicio porque cambió el contexto, o porque cambió su idea de bien común? Pero en este plano es posible plantearse una tercera opción ¿Y si cambió de juicio porque su noción de bien común, en realidad, nunca lo fue?

Cuando esta pregunta nos lleva a descubrir que la idea de bien común que creíamos compartida nunca existió como tal, sino que coincidía, circunstancialmente, con un interés personal, surge una sensación de decepción y molestia. A veces, esta revelación nos conduce a la desidia respecto a estos temas. Sin embargo, también puede ser una oportunidad: una invitación a reflexionar sobre los distintos modos de entender “el bien” que habitan en las nociones de “bien individual” y “bien común”, nociones que – como ya señalaba también Aristóteles – no tienen por qué ser excluyentes.

La filosofía, cuando se enseña y se aprende como vivencia, no entrega respuestas definitivas, pero sí las herramientas para hacernos mejores preguntas y, con ellas, desplegar posibilidades de comprensión que enriquecen nuestra vida.

Compartir
Hashtag

Relacionadas