Del ukiyo-e a Evangelion: el anime como espejo de la cultura japonesa

El anime no es sólo la culminación de siglos de desarrollo cultural donde convergen diversas formas artísticas, y tampoco es un mero medio de entretenimiento. Educa, emociona, conecta y transforma.

Pocas expresiones artísticas han sido tan subestimadas y, al mismo tiempo, tan influyentes en el imaginario global como el anime. Series como Candy Candy (1976) o Mazinger Z (1972) ya tenían su espacio en UCV Televisión, marcando a generaciones que aún las recuerdan con nostalgia. Sin embargo, fue Akira (1988) de Katsuhiro Otomo la que pavimenta su popularidad en Occidente. La complejidad de su historia es la prueba de que el anime no es solo un producto para niños, sino que atrae a públicos de todas las edades. Por eso, seguir utilizando el apelativo “monos chinos” para referirse a esta forma de expresión que retoma distintas artes de Japón constituye una muestra más de lo que Edward Said denominó como “orientalismo” o esa forma hegemónica en la que Occidente suele disminuir a oriente.

La polémica del presidente Boric en su visita a Japón abrió otro capítulo en esta larga tradición de menosprecio y desconocimiento hacia el anime como expresión cultural legítima. En su discurso mencionó series como Captain Tsubasa (1983) o Dragon Ball (1986), desatando una dura crítica, mientras que sus defensores respondieron señalando que la industria del anime generó más de 30 mil millones de dólares en 2024, cuyas películas baten récords mundiales. Si bien los ingresos generados por esta industria serían la envidia de cualquier conglomerado y productora occidental, el valor del anime no se puede medir sólo por sus beneficios económicos.

Esta visión reduccionista se inserta en una larga historia de incomprensión cultural que comienza en el periodo Meiji (1868-1912), donde Japón abrió sus fronteras y recibió una avalancha de productos extranjeros. Desde revistas y cómics occidentales, los cuales influyeron en la forma y estructura del manga.

El mal llamado “cómic japonés” es el resultado de siglos de evolución artística, literaria y social. Desde los emaki, rollos ilustrados que combinaban imágenes y texto, hasta el ukiyo-e del periodo Edo (1603-1868) —grabados xilográficos populares—, pasando por artistas como Hokusai Katsushika y su colección Hokusai manga, no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando terminó por consolidarse esta forma de expresión. Sin embargo, ya en el periodo Edo los dibujantes de manga ironizaban sobre la condición humana, la estupidez y las debilidades de las personas.

Tras el impacto de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, Japón quedó devastado económicamente. En ese contexto, fue Osamu Tezuka, también conocido como el “dios del manga”, quien pavimentó el camino de la industria como la conocemos hoy. Influenciado por la proyección de Blancanieves (1937) de Walt Disney, Tezuka revolucionó el género al introducir un estilo narrativo inspirado en el cine, con personajes complejos y tramas profundas que marcaron un antes y un después, pero siempre con un foco claro: crear obras evasivas con mensajes optimistas para levantar los ánimos del pueblo y de los niños japoneses, aunque nunca exentas de tocar ciertos dilemas morales. Con obras como Tetsuwa Atom (1952), Dororo (1967) o Adolf (1982), Tezuka plasmó en sus dibujos la exageración y melodrama del kabuki y del noh, además de incorporar el estilo cartoon de Disney con ojos grandes y anatomía redondeada. Tras la fundación de Mushi Productions en 1962 y la emisión de la versión animada de Tetsuwa Atom (1963), la primera serie regular de Japón, Tezuka terminó por marcar la industria al introducir nuevas técnicas de animación que abarataban costos y las hacían atractivas para la TV.

Las generaciones venideras de mangakas —término que designa al autor de un manga— y productores audiovisuales siguieron la senda demarcada por Tezuka. Las obras se complejizaron, explorando temáticas como el sentido de la amistad y la superación personal a través de las peleas, propios del shōnen y el shōjo, historias que apuntan a un público joven masculino y femenino, respectivamente. Con series insignes como Naruto (2002) o Fruits Basket (2001), el anime también ha servido como puente cultural que ha despertado el interés y democratizado el acceso a historias que, de no ser por este medio, hoy seguirían siendo desconocidas.

Pero el shōnen y el shōjo no lo son todo. El anime como soporte medial permite apoyar otros objetivos. El kodomo, género que apunta a un público infantil como Doraemon (1979) o Pokémon (1997), no sólo buscan entretener, sino educar y enseñar los valores que estructuran la sociedad nipona. Por otro lado, el spokon, anime situado en el ámbito deportivo, busca reafirmar el sentido del trabajo en grupo, idea fundamental del sintoísmo y rescata la devoción derivada del bushido, el código samurai, y la imagen glorificada del vencedor tras el fin de la competencia, que puede ir desde el básquetbol en Slam Dunk (1993) hasta el patinaje en hielo de Yuri!!! on Ice (2016). Así, el anime se ha diversificado en distintas ramas y géneros, desde la ciencia ficción, la fantasía o lo que se conoce como slice of life, series centradas en lo cotidiano, representadas en el romance atemporal de Your name (2016) de Makoto Shinkai, o de la denuncia del bullying y el acoso en A silent voice (2016). El anime también ha conquistado su espacio para la crítica y la reflexión, ya sea desde la filosofía, la psicología o la tecnología, y es en el seinen en el que suelen aparecer tramas con un enfoque más adulto y reflexivo. Obras como Perfect Blue (1997) de Satoshi Kon ponen en la palestra los peligros de la obsesión y sus consecuencias tanto a nivel social como personal, o Evangelion (1995) de Hideaki Anno, donde se cuestiona tanto el rol del ser humano en la Tierra como su relación con el cambio climático hasta la revalorización de la individualidad y las consecuencias del trauma en las personas. Esta diversidad no sólo permite ampliar el público objetivo, también profundiza en reflexiones que van más allá de lo superficial, cuestionando el sentido de lo humano como en Ghost in the Shell (1995), complejizando el sentido de identidad como en Sen to Chihiro (2001) o reelaborando colectivamente el trauma de la guerra y la modernidad acelerada en la ya mencionada Evangelion.

El éxito del anime a nivel mundial no debe ser visto sólo a través de una mirada economicista. Apelativos despectivos como “monos chinos” son una muestra de una visión sesgada hacia una de expresiones artísticas más completas de los siglos XX y XXI. El anime no es solo la culminación de siglos de desarrollo cultural donde convergen diversas formas artísticas, y tampoco es un mero medio de entretenimiento. El anime educa, emociona, conecta y transforma, y, aunque muchos aún no lo valoran en su totalidad, su influencia en el mundo contemporáneo es inseparable.

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