De caos local a debacle mundial, una historia de las crisis económicas
Las crisis económicas globales se iniciaron en 1873 y no han cesado de causar incertidumbre. Nuevos paradigmas económicos han emergido en respuesta a las mismas: el keynesianismo, el monetarismo, el neoliberalismo. Ninguno de ellos ha logrado eliminar ni la inevitabilidad de nuevas crisis, ni nuestro desconcierto.
Cualquier país o unidad geográfica se ha visto afectado por recurrentes crisis económicas, desde el medioevo (e incluso antes) al presente. Previo a la primera revolución industrial, iniciada a fines del siglo XVIII, la mayoría de estas crisis se originaban por lo que hoy llamaríamos shocks externos, o eventos ajenos al funcionamiento de los mercados: guerras, epidemias, o un accidente climático devastador. Estas crisis normalmente golpeaban con fuerza a la economía real: diezmaban a la población y con ella a la fuerza laboral; dañaban cosechas y liquidaban ganado; y/o causaban destrucción de capital físico. A pesar de su potencial brutalidad, las poblaciones que vivían bajo la “trampa maltusiana” estaban habituadas a ellas: el hambre, la enfermedad y la muerte temprana eran parte y pedazo del diario vivir. Dicho de otro modo: por muy “externos” que hayan sido estos shocks y por muy letales que pudiesen ser, no causaban ni incertidumbre ni perplejidad, en una población acostumbrada a existir en un mundo donde la esperanza de vida con suerte superaba los 40 años, y donde la inmensa mayoría de las familias pasaba por el difícil trance de enterrar uno o más hijos. Eran hogares difíciles de asombrar o inquietar con noticias sobre crisis económicas.
La solución a estas crisis normalmente se daba a través de una sola vía: reducción de la población. La autoridad política o económica no se enfrentaba a mayor disyuntiva sobre qué política podía o no emplear: los aparatos estatales eran pequeños y tenían pocos recursos. Sólo si la causa era la guerra, algo podían hacer en busca de la paz. Pero esto último tiene más bien que ver con acuerdos políticos que con política económica. Finalmente, la mayor parte de estas crisis tenían alcance geográfico limitado: en ningún caso devenían en un episodio internacional, mucho menos global.
La integración de las Américas a la economía mundial desde fines del siglo XV, la expansión del comercio de larga distancia mundial (incluyendo las Américas y Asia) durante los siglos XVI-XVIII, la creación de sociedades anónimas, la expansión de la banca internacional (incluyendo la emergencia de mercantes-banqueros), el uso de instrumentos financieros que apoyaban el comercio internacional, la posterior proliferación de seguros marítimos, la emergencia de las Free Standing Companies, y otros desarrollos como la modernización de centros financieros en Europa, comenzaron a incubar las condiciones necesarias para el surgimiento de crisis económicas de otra naturaleza: de origen bancario y/o financiero y de alcance internacional. Lo anterior, incluso antes de la denominada “primera globalización” de 1870-1913. A ello debe sumarse, ya entrados en el siglo XIX, el posterior arribo de una larga paz (al menos relativa) a Europa después del fin de las guerras napoleónicas (1803-1815); la apertura de América Latina luego del colapso del imperio español; y la entrada de China al comercio mundial después de las guerras del opio (1839-1842, 1856-1860).
Antes de los años 1870 hubo varias crisis económicas que merecen el adjetivo de “intercontinentales”, la mayor parte de ellas vinculadas al comercio internacional o al movimiento transfronterizo de capitales. La primera revolución industrial, originada en Gran Bretaña y difundida a Europa continental y los Estados Unidos, generó excedentes de capital que fueron canalizados a través de inversiones internacionales. El movimiento masivo de bienes y personas era seguido de flujos financieros internacionales, y con ellos varias de estas crisis. Ejemplos abundan. Dentro de los más conocidos está el pánico de los años 1820, producto de una caída en la bolsa de valores de Londres, de los primeros defaults de América Latina sobre su recién inaugurada deuda externa, de inversiones especulativas en las Américas, incluyendo el levantamiento de un préstamo a un país imaginario (Poyais), y de una crisis en el comercio bilateral entre EEUU y Gran Bretaña. Perplejidad e incertidumbre sin dudas hubo, sobre todo para aquellos inversionistas franceses y británicos que sufrieron el mayor fraude financiero de la historia, hasta ese momento: aquel liderado por el escocés Gregor MacGregor, autoproclamado cacique del ya mencionado Poyais.
Le siguió la crisis financiera de 1830-1833, que golpeó con fuerza a aquellos involucrados en el comercio Anglo-asiático; la crisis financiera y comercial Anglo-Americana de 1836-1837, que provocó la caída de los famosos banqueros conocidos como las “Tres Ws” (Wildes, Wilson & Wiggin); otra crisis comercial similar en 1847 de impacto más limitado; la crisis comercial de 1857-1858, también Anglo-Americana; el pánico bancario de 1857-1859 en los EEUU con ramificaciones a Gran Bretaña; sólo por mencionar algunos ejemplos conocidos. Todos estos episodios tienen algo en común. Primero, su origen no fue ni bélico, ni climático, ni asociado a alguna enfermedad infecciosa. Segundo, golpearon a más de un país y, de hecho, a más de un continente. Y, tercero, sus raíces han de buscarse en el sector bancario o financiero: son crisis endógenas al sistema económico. Sin embargo, ninguno de estos episodios devino en un evento global.
Para eso debimos esperar a la Gran Recesión de los años 1870, ya en un mundo con comunicación instantánea, producto de la introducción del telégrafo y del cableado submarino internacional. Una economía mundial que se benefició además de la perforación del Canal de Suez en 1859-1869, del ferrocarril de Panamá en los años 1850 (conectando al Atlántico con el Pacífico mucho antes del canal), de avances en veleros de larga distancia y luego de barcos a vapor, de la introducción de los ferrocarriles en todos los continentes, de la caída en los costos de fletes, de la emergencia de navieras con rutas regulares, de los primeros grandes movimientos masivos de personas, bienes y capital. Eran también tiempos en que se intensificó el imperialismo europeo en las Américas, África y Asia, que por deplorable que fuese no hacía sino interconectar aún más la economía mundo, al igual que lo hacía el imperialismo norteamericano en nuestro continente. Se adoptó, además, por primera vez, el patrón oro de manera masiva: un sistema monetario homogéneo, con tipo de cambio fijo, perfecto aceite para la propagación de precios y manías. En resumen, en los albores de la década de 1870 teníamos una economía internacional no muy distinta a la de hoy, no al menos en sus fundamentos.
En efecto, ya existían especuladores financieros participando de frenesís especulativos, invirtiendo en bienes inmobiliarios en grandes ciudades europeas, en bonos y acciones de empresas de ferrocarriles en Europa, América Latina o Estados Unidos, o en mineras en cualquier rincón del Tercer Mundo. Ya existían todos los ingredientes para generar burbujas, que tarde o temprano iban a reventar. Y fue exactamente lo que ocurrió en mayo de 1873, con el crash de Viena (primera vez que se usa ese término), la insolvencia del gran banco Russo & Mayersberg, seguido del crash en Nueva York en septiembre del mismo año, y tantos otros en Europa y otros continentes a poco andar. Asistíamos a la primera crisis económica mundial, aquella de 1873-1879.
Por primera vez eventos iniciados en un pequeño país europeo iban a tener profundas ramificaciones en varios continentes. Para nuestro país en particular, estos eventos serían responsables, en buena medida, de una importante reforma tributaria, pero también del pánico bancario de 1878, cuya salida se resolvió en una famosa reunión entre Melchor Concha y Toro (Director del Banco Nacional) y el presidente de la república (Aníbal Pinto). Los acuerdos de la misma se sellaron en una posterior sesión secreta del Congreso nacional, donde se declaró la inconvertibilidad del peso chileno y el fin de la banca libre, para sorpresa de la ciudadanía. Algunos historiadores chilenos han llegado a sostener incluso que, sin el crash de Viena de 1873, no se hubiese iniciado la Guerra del Pacífico. La incertidumbre que generó una crisis económica tuvo ramificaciones insospechadas.
Las grandes crisis económicas internacionales que siguieron fueron las causadas por la I Guerra Mundial, la Gran Depresión de 1929, la asociada a la II Guerra Mundial, los shocks petroleros de los 1970s, entre varias otras, terminando con la subprime del 2007-2010 y la asociada al Covid. Independientemente de su arranque, las crisis económicas globales, que se iniciaron en 1873, no han cesado de causar incertidumbre y dejar perplejos a propios y extraños, a ciudadanos y autoridades. Nuevos paradigmas económicos han emergido en respuesta a las mismas: el keynesianismo, el monetarismo, el neoliberalismo. Ninguno de ellos ha logrado eliminar ni la incertidumbre, ni la inevitabilidad de nuevas crisis, ni nuestro desconcierto. Cuando creíamos que epidemias infecciosas eran cosa del pasado, el Covid mandó a buena parte de la humanidad a un confinamiento global y paralizó la economía mundial.