Clásicos para tiempos de incertidumbre
No son un antídoto contra ningún mal ni amenaza. Lo que ofrecen los clásicos es algo más modesto y al mismo tiempo más duradero: la posibilidad de examinar y comprender de manera menos incompleta nuestra condición.
En un año especialmente convulso como este, que nos ha estremecido con nuevas guerras, amenazas de crisis económicas y movimientos geopolíticos que hasta hace pocos años eran inimaginables, reaparece, como un viejo fantasma que hemos preferido olvidar, un sentimiento de vulnerabilidad y desorientación que, aunque nos esforcemos en ignorar, está en el corazón de la experiencia humana.
La ilusión de control y estabilidad que hemos tejido minuciosamente con esas herramientas perseverantes y llenas de imperfecciones que son la racionalidad, la técnica e instituciones de todo signo, sencillamente no resiste el peso de los acontecimientos y en un breve plazo revela sus fisuras, y en último término su radical insuficiencia. ¿Será este uno de esos momentos?, ¿uno de esos puntos de inflexión en los que la civilización despierta, de manera gradual o abrupta, de su sueño colectivo? Quién podría saber. Lo que sí es posible afirmar es que la incertidumbre y la inestabilidad han irrumpido con inusitada fuerza en el arranque de este 2026. Y por supuesto, no está claro si se trata de ráfagas pasajeras o de una transformación más profunda en el estado de las cosas.
En un contexto como este, parece sensato recurrir a la experiencia y la sabiduría que la humanidad ha acumulado a lo largo de más de veinticinco siglos. Tenemos a nuestra disposición un poderoso acervo de obras literarias y filosóficas en cuyas páginas las mentes más talentosas de distintas épocas pensaron y debatieron las mismas cuestiones que nos aquejan hoy. Pueden variar los caracteres, los paisajes, los accidentes argumentales. Pero en lo esencial autores universales como Homero, Virgilio o Dante se enfrentaron a problemas y a preguntas que no difieren de los nuestros, por el contrario, son tan similares que no cabe sino asombrarse y agradecer esa fabulosa continuidad de la experiencia humana.
Una cuestión central que abordan muchos textos clásicos tiene que ver precisamente con las nociones de incertidumbre e inestabilidad antes mencionadas. Estas obras suelen mostrarnos a personajes que, inmersos en contextos de crisis y confusión, deben enfrentar su radical vulnerabilidad. Basta pensar en Ulises, errante durante años tras una devastadora guerra, abrumado por la soledad y por la añoranza de su tierra y sus seres queridos. Algo similar puede decirse de otro héroe clásico, Eneas, que tras la destrucción de su Troya natal se enfrenta al desarraigo y a un desolador sentimiento de pérdida; o Dante, que al inicio de su Divina comedia se declara perdido en una “selva oscura” y revela estar atravesando una profunda crisis espiritual y moral.
Sobra decir que los clásicos no son un repositorio de respuestas. El valor de estas obras radica, más bien, en la profundidad con que despliegan los conflictos humanos, convirtiéndose en un medio de exploración y conocimiento para quien lee (y por supuesto, para quien se toma en serio las vicisitudes de esos seres en quienes palpitan temores, ambiciones, heridas y placeres que reconocemos como nuestros). Ulises, Eneas o Dante no se redimen de su fragilidad, pero nos muestran que en medio de la incertidumbre y la confusión es posible encontrar un apoyo fundamental en la fidelidad a los vínculos, las raíces y la memoria; en el compromiso con una misión superior que contribuye a forjar un destino colectivo; o en la búsqueda espiritual que posibilita la intuición de una realidad trascendente. Ninguno de estos caminos constituye una solución definitiva, sin embargo, cada uno de ellos abre un horizonte de posibilidades que alimenta nuestra capacidad de reflexión y de respuesta frente a los dilemas de nuestro tiempo.
Ahora bien, si hablamos de hacer frente a la incertidumbre y la vulnerabilidad, el Decamerón de Boccaccio ciertamente ocupa un lugar singular. Escrita en el contexto de la peste negra que asoló Europa en el siglo XIV, esta obra nos presenta a un grupo de diez jóvenes que, frente a la amenaza de la destrucción y del caos, se alejan de la deletérea Florencia para recluirse en una villa idílica donde su principal ocupación será la de narrar historias unos a otros. Esta decisión, que a primera vista podría parecer superficial o egoísta, obedece a un gesto que vale la pena mirar con atención. Lejos de reflejar una voluntad escapista, los personajes dejan ver en cada una de sus palabras y actos una intensa valoración de la experiencia humana: la vulnerabilidad y la finitud no desvalorizan la vida; la vuelven extraordinariamente preciosa. Esta afirmación vitalista justifica y dota de valor incluso las conductas nada de virtuosas de algunos personajes: engaño, ingenio, lujuria, amor, desfachatez… todo esto despierta el deleite y el sentido de festividad de los jóvenes recluidos en la Villa, pues en cada una de esas experiencias y conductas late la vida, el placer, el dolor, en suma, la gran comedia humana, superior a cualquier otra.
Otro gesto de Boccaccio en el que vale la pena detenerse, es la relevancia que cobra en sus páginas el juego de narrar, de contar historias. Ese es el ritual que día a día efectúan, con sobrio regocijo, los diez jóvenes protagonistas. Subrayo este hecho pues la capacidad de narrar historias, de conversar, de crear vínculos y pertenencia a través de la palabra, no solo es un sello distintivo de lo humano sino también, como transmite esta obra, su mayor fuente de energía, su don infinito (bien saben esto los personajes de Roberto Bolaño -clásico contemporáneo-, quienes se vuelcan a la conversación con igual o mayor avidez que la que le dedican al sexo y a la literatura). Por solos que estemos en el universo o por caótico que pueda tornarse el mundo, siempre podremos hablar y contarnos nuestras historias y compartir relatos sobre cosas reales o ficticias -pero siempre humanas- hasta que el cansancio y el sueño no nos permitan mantener los ojos abiertos. Algo así es lo que podría desprenderse de las páginas del Decamerón.
Los clásicos no son un antídoto contra ningún mal ni amenaza. Lo que ofrecen es algo más modesto y al mismo tiempo más duradero: la posibilidad de examinar y comprender de manera menos incompleta nuestra condición, y poder hacerlo no en soledad, no a tientas, sino de la mano de otros que cinco, diez o veinte siglos atrás enfrentaron los mismos conflictos, que se adentraron en laberintos tan similares a los del presente y que dejaron un registro capaz de resistir el paso del tiempo y abolir las distancias.