AMISTARSE CON LA MALDITA PRIMAVERA
La ocurrencia de diservicios ecosistémicos -efectos negativos de la naturaleza sobre nuestro bienestar- en muchas ocasiones es el resultado de nuestras propias decisiones o de la incapacidad de prever aquellas acciones que desencadenarán relaciones negativas humano-naturaleza. No se trata de dominar la naturaleza, sino de trabajar por una sana convivencia.
La primavera es para muchos la estación más esperada del año. Época de cambios y de transición hacia el verano; se produce un aumento progresivo en las horas de luz natural y las temperaturas se elevan. Esto gatilla la floración de la vegetación, y con ello, la proliferación de mariposas y aves que embellecen los paisajes. También aumentan las visitas a áreas naturales, y las plazas y parques urbanos vuelven a ser uno de los puntos de encuentro y recreación predilectos para los ciudadanos. La primavera marca uno de los períodos del año en que se nos hace más evidente la relevancia del contacto con la naturaleza para nuestro bienestar. A estos efectos positivos de la naturaleza se les conoce técnicamente como servicios ecosistémicos, que en términos sencillos se pueden definir como “los beneficios que los seres humanos obtienen de los ecosistemas”.
Pero no todo lo relacionado a la naturaleza es color de rosa en primavera. Por ejemplo, el aumento de temperatura incrementa la actividad de la araña de rincón en nuestros hogares, cuya mordedura puede ser incluso mortal. La disponibilidad de cuerpos de agua y mayores temperaturas generan condiciones para la proliferación de mosquitos y zancudos, algunos de ellos capaces de transmitir enfermedades a los seres humanos. La abundante vegetación herbácea sustenta la reproducción de conejos, provocando plagas que destruyen cultivos y plantas nativas. La producción de semillas y frutos en parques y jardines promueve el rápido crecimiento de la población de ratas que luego pululan por las calles. Y son muchas las personas que en época de primavera ven negativamente afectada su salud por alergias asociadas al aumento exponencial del polen circulante o por el contacto directo con especies alérgenas, como el litre, en visitas a sectores naturales. A estos efectos negativos de la naturaleza sobre nuestro bienestar se les conoce como diservicios ecosistémicos.
Aunque los beneficios que la naturaleza nos provee (servicios ecosistémicos) son por mucho superiores a los efectos negativos (diservicios ecosistémicos), no se puede desestimar la existencia de estos últimos, sobre todo porque tienen el potencial para disminuir ostensiblemente nuestra calidad de vida. Es necesario tomar en cuenta algunos antecedentes. La araña de rincón es nativa de América del Sur y estaba presente en Chile mucho antes de que habitáramos este territorio, al igual que mosquitos y zancudos que forman parte fundamental de la cadena trófica en cuerpos de agua naturales. Los conejos y ratas fueron introducidos por el ser humano a nuestro país, ambas especies transformándose en plagas. Las alergias de primavera se ven influenciadas por la plantación masiva de especies de vegetación exótica en nuestras ciudades, así como por el desconocimiento de las especies de flora nativa presente en áreas naturales. Es decir, la ocurrencia de diservicios ecosistémicos en muchas ocasiones es el resultado de nuestras propias decisiones, o de nuestra incapacidad de prever aquellas acciones que desencadena- rán en relaciones negativas humano-naturaleza.
Tal como la primavera es un período de cambios y transformaciones, abordar el desafío de los diservicios ecosistémicos requiere de una etapa de cambios y transformaciones en nuestras decisiones y acciones. Si mantenemos nuestros hogares limpios y ordenados podemos disminuir aquellos espacios que se transforman en hábitat ideal para la araña de rincón o madrigueras para roedores urbanos. Conservando los cuerpos de agua limpios permitimos su flujo natural de manera de reducir la re- producción de mosquitos y zancudos, del mismo modo que si aseguramos el hábitat para especies controladoras, como peces, crustáceos, libélulas y aves, controlaremos la probabilidad de que éstos se transformen en plaga. Si diversificamos el uso de suelo en sectores agrícolas incorporando especies naturales que alberguen poblaciones viables de depredadores como zorros y aves rapaces, podemos ayudar a controlar las plagas de conejos.
Podríamos recuperar algunas costumbres, como la conocida costumbre rural de saludar al litre con un “buenosdías señor litre”. Por supuesto que esta acción no busca que el litre disminuya su capacidad alergénica, pero sí promueve que aprendamos a reconocer nuestra flora nativa para evitar tener un contacto directo con aquellas especies que pueden generar reacciones alérgicas. Este mismo conocimiento lo podríamos utilizar para planificar la vegetación de las ciudades, priorizando aquellas especies de árboles y herbáceas cuya carga polínica sea menor, para no recargar la ya sobrecargada concentración de material particulado que existe en nuestras ciudades.
Está en nuestras manos el cambiar nuestras decisiones y acciones para generar una sana convivencia con la naturaleza, en donde podamos poner la balanza a nuestro favor, aumentando la provisión de servicios ecosistémicos y disminuyendo los potenciales diservicios ecosistémicos que puedan generarse. Esto no implica que haya que intentar domesticar la naturaleza para ponerla a nuestro favor. Por el contrario, debemos comprender que es ese mismo afán de dominancia el que muchas veces nos pone en conflicto con ella. Una sana convivencia con la naturaleza parte por valorarla y respetarla. Aprendamos de la primavera para iniciar el cambio.