Adam Smith y la educación. O la civilización y su sombra.

El lenguaje, el desarrollo de las emociones y el interés de la patria, son tres de las consideraciones que el filósofo y economista escocés plasmó en el libro V de La riqueza de las naciones. Una cuarta y última indicación refiere a lo imprescindible de la educación para impedir un pueblo que sea manipulable por su ignorancia: “Cuando más instruida está la gente menos es engañada por los espejismos del fanatismo y la superstición”.

Los tiempos en curso vienen a recordarnos que hay una sombra que acompaña a la civilización: la sombra del retroceso, de fuerzas solapadas esperando pujar en sentido inverso; de posibilidades constantes, nunca desactivadas del todo, que contrarían aquello que más estimamos. Llevaba razón Aristóteles cuando sentenció que los asuntos humanos están marcados por la contingencia. No hay en ellos nada inevitable o irrevocable, todo o casi todo podría ser de otra manera. Ninguna conquista, por más indiscutible que nos parezca su valor, o evidente su importancia, es definitiva ni absoluta, es decir, ninguna nos libera de las tareas de su mantención y resguardo, ninguna queda absuelta o inmune frente a los posibles avatares hostiles de la historia.

La lectura de Adam Smith refuerza esta consciencia. Tenía, el pensador escocés, una mirada holística de la experiencia humana y de la dinámica social; no resulta extraño, entonces, que todavía resulte útil para una comprensión de los procesos de la modernidad. Hay algo distintivo en sus análisis que merece ser mencionado, estos reflejan ciertas constantes epistémicas que, podría decirse, plasman la ética intelectual del propio Smith: (i) demora en la observación de la experiencia, (ii) resistencia escrupulosa a la simplificación y (iii) atención sostenida a aquello que puede hacer la vida humana mejor, más feliz, menos brutal. Estos tres rasgos emanan, en su caso, como necesaria deriva de un respeto profundo a la libertad de los seres humanos. Evitó Smith el dogmatismo en sus planteamientos y alertó, más de una vez, frente a la tentación de las supercherías y el peligro del fanatismo. La atención a la experiencia, el respeto a la complejidad, la orientación humanitaria, dan el tono y especificidad a la perspectiva que anima las páginas de La teoría de los sentimientos morales y, especialmente, del libro que nos ocupa en este artículo, La riqueza de las naciones.

Que Smith sea un filósofo del siglo XVIII, no obsta para que su obra permita identificar tareas aún vigentes. El libro V de La riqueza de las naciones destaca en este sentido, se trata de una meditada exposición de aspectos de la vida social cuya atención, parece haber pensado Smith, no puede relajarse sin dejarnos expuestos a retroceso civilizatorio. Atiende a asuntos no directamente económicos, de clara relevancia social y cultural; especifica gastos y funciones en que el Estado debe implicarse para salvaguarda del progreso, de la cohesión y estabilidad social. Nunca se insistirá demasiado en el hecho de que es la idea de una sociedad civilizada la que otorga perspectiva y orientación axiológica a toda su teoría económica. Dentro de la variedad de indicaciones que contiene el mencionado libro V, interesan aquí las relativas a la educación. No son consideraciones extensas, pero quedan plasmadas en pasajes dotados del énfasis propio de las alertas.  Que se trate de indicaciones más que de planteamientos exhaustivos, no debiera decepcionar al lector: constituyen aspectos decisivos de la educación para una sociedad civilizada.

“¿Debe el estado prestar alguna atención a la educación del pueblo?” se pregunta Smith, para pasar a responder afirmativamente que “se necesita una intervención del estado para impedir la corrupción y degeneración casi total de la gran masa de la población”. Smith no formula un principio de acción estatal en abstracto, su respuesta la plantea frente al impacto desestructurador que reconoce como posible consecuencia del desarrollo económico que ha descrito en su propio libro. Repárese en este punto. Tenía claro Smith que ni los seres humanos ni los procesos que estos impulsan, son perfectos; que donde hay libertad, hay complejidad y ambivalencia; y que la lógica binaria, la que nunca propició, es refractaria a aceptar esto y tiende a conducir las posiciones hasta el espejismo intelectual del “todo o nada”. Por más decisiva que sea la esfera económica, esta se relaciona y vincula con otras esferas, en las que influye y por las que es influida. La atención del pensador obedece a esto.

¿A qué preocupación especifica responde la atención que presta a la educación? Dicho  en sus propias palabras: “Con el desarrollo de la división del trabajo, el empleo del tiempo de la mayor parte de quienes viven de su trabajo, es decir, de la mayoría del pueblo, llega a estar limitado a un puñado de operaciones muy simples, con frecuencia sólo a una o dos”. Es posible que esto moldee y limite las capacidades propias de la inteligencia. “Un hombre que se dedica toda su vida a ejecutar unas pocas operaciones sencillas, cuyos efectos son siempre o casi siempre los mismos, no tiene ocasión de ejercitar su inteligencia o movilizar su inventiva para descubrir formas de eludir dificultades que nunca llega a enfrentar. Por ello pierde naturalmente el hábito de ejercitarlas y en general se vuelve tan estúpido e ignorante como pueda volverse una criatura humana.”. En este específico punto crítico, notará el lector, Smith antecede a Karl Marx y, también, a ese primer impacto rudo de la revolución industrial que Charles Dickens describió en sus novelas. La educación es necesaria para atender los desequilibrios que implica una etapa de cambio estructural y la tarea que una sociedad, que se ha propuesto ser civilizada, nunca puede omitir ni dejar de impulsar.

¿Qué indicaciones, qué tareas específicas de salvaguarda y promoción considera Smith? El desarrollo del ser humano, la cohesión social, requiere sujetos que la educación habilite “para participar y sostener conversaciones racionales”. Simplemente. Educación de un sujeto que tenga los hábitos propios de la conversación. Educación de la expresión en el lenguaje, de una comunicación que desarrolla la sociabilidad y el vínculo moral. Dirá siglos más tarde Emmanuel Levinas que “la conversación es la maravilla entre las maravillas porque en ella se abandona el orden de la violencia”. En esta indicación a la capacidad conversacional, late la clara conciencia de Smith respecto a la importancia civilizatoria de la palabra, importancia que ha reconocido cuando sostiene que la más probable explicación de la tendencia de los seres humanos al intercambio pacífico, es entenderla como “consecuencia necesaria de las facultades de la razón y el lenguaje”.

Profesor de Lógica y Retórica, autor de Consideraciones sobre la formación original de los lenguajes (1761), Smith trabajó en una buscada conexión con el impulso civilizatorio de Aristóteles y los estoicos, éstos mostraron la palabra como fundamento de nuestra habilitación en humanidad, nos hicieron conscientes de que a través de los procesos racionales lingüísticos los seres humanos se desarrollan como individuos reflexivos y responsables, capaces de introducir  un momento de ponderación entre el polo del deseo y el  impulso, y el de la elección y la conducta.

Una segunda indicación, consiste en que la educación debe cuidar y propiciar el mejor desarrollo de las emociones y sentimientos. Los “sentimientos nobles, generosos y de ternura”, sostendrá Smith, deben ser cultivados y propiciados, estos permiten en los individuos juicios más ponderados y comprensivos, vidas privadas más plenas. Una tercera indicación, consiste en que la educación forme ciudadanos, sujetos interesados en tener “un juicio sobre los grandes intereses de su país”, en aportar a su progreso. Se ha reparado poco en que Smith, al igual como hizo su mejor amigo, David Hume, reiteró en sus obras el gran valor que tendría el patriotismo en la vida personal y social. El valor de una vida no clausurada en un interés mezquino, capaz de trascenderse a través de la empatía. Llegó Smith a compartir la idea estoica del cosmopolitismo como expresión de la máxima extensión de la simpatía y solidaridad humana.

Una cuarta y última indicación refiere a lo imprescindible de la educación para impedir un pueblo que sea manipulable por su ignorancia: “Cuando más instruida está la gente menos es engañada por los espejismos del fanatismo y la superstición”. Más capaz es de “investigar y descubrir las protestas interesadas de la facción y la sedición”, más capaz de “evitar ser arrastrada por posiciones injustificadas” o irracionales. La ciencia y la filosofía debieran, a juicio de Smith, ganar espacio en la sociedad como “antídotos contra el fanatismo”. También las artes: “pinturas, poesía, música, baile, exhibiciones teatrales”, pueden conseguir “disipar en la mayoría del pueblo ese humor melancólico y apagado” que suele ser “caldo de cultivo de la superstición y el fanatismo”. Con un pueblo educado la sociedad se autoexige una cohesión y estabilidad social más racional y libre, por lo tanto, más continua y sólida, más capaz de amagar los influjos de esa sombra que acompaña la civilización.

Compartir
Hashtag

Relacionadas