Aceleración total 

 La confusión reinante no impide tomar palco y examinarla como quien mira en un zoológico una jaula llena de monos histéricos. En cámara lenta, el problema desaparece.

Conocí hace unas semanas a un joven de veinte años que se salió hace seis meses de todas las redes sociales. Ha sentido un alivio notable: “Era un esclavo, ahora soy libre”. Así resume su experiencia. Lo interesante es que no pasaba tantas horas pegado al celular como se pensaría. Puede uno imaginarse aquellos casos de uso ultra intensivo, gente que además está horas en Tik Tok colgada de las micro descargas de dopamina que produce en el cerebro. Este joven ahora no se siente solo y su percepción del tiempo se ha modificado: va más lento.

 Esto último me tocó de cerca, pues vengo llegando de un viaje de tres semanas en que prácticamente no usé el celular. Nunca he estado en una red social, pero otra cosa es desconectarse en serio. No fue volver a los años noventa, antes de la Internet, pero se le pareció. Recomiendo hacer experimentos similares.

Dicho esto, es bueno saber que el mundo se acelerará cada vez más. El científico Demis Hassabis, premio Nobel el año pasado, líder del departamento de IA de Google, afirmó recientemente que está comenzando algo que irá diez veces más rápido que la revolución industrial y que será diez veces más intenso. Digo “algo” pues claramente cuesta imaginar qué puede ser. En una entrevista explica que están haciendo un modelamiento del mundo. El periodista le pregunta qué es eso. Hassabis no encuentra otras palabras y repite la expresión sonriendo.

 Narcisos tipo Donald Trump, que necesitan hacer noticia cada día, no importa haciendo o diciendo qué, también aportarán su cuota. Porque está claro que una política razonable y moderada, la que le gustaba a alguien como John Stuart Mill, está quedando atrás a la velocidad del rayo. Nicanor Parra tenía una visión apocalíptica de nuestra época. Recomendaba cultivar la paciencia y el humor. Bueno, no queda otra.

 Hablando de humor. En la película El quinto elemento (1997) de Luc Bresson hay una escena que vale la pena mirar con atención: cómo será la televisión del futuro. Creo que corresponde hablar de una “psicosis acelerada”. Es todo tan demente que no se entiende nada. Supongo que nadie quiere ese mundo. ¿Hay alguna manera de evitarlo?

 No es raro escuchar a personas que plantean que se llegará a una suerte de límite y que la cordura volverá a imperar. ¿Tienen alguna prueba? Cada vez que escucho algo de la misma línea me acuerdo de una anécdota que le escuché al profesor Antonio Arbea. A una huaso que estaba construyendo una pirca bastante larga, alguien le dijo que si seguía así terminaría construyendo una nueva Muralla china. “¿Muralla china?”, preguntó. Le explicaron que tenía miles de kilómetros y que, según contaba la leyenda, se veía desde la Luna. Comentario del huaso: “Cómo va a existir algo así; se sabría”.

 Trabajé cuatro años en una empresa tecnológica en el área de comunicaciones. Es una carrera de Fórmula 1: se avanza lo más rápido posible. A grandes rasgos, el que logra una optimización, gana (por un tiempo). Se ofrece lo mismo, pero más barato, o por el mismo precio algo mejor. A veces se abren ventanas doradas. Recuerdo especialmente una: científicos de la empresa lograron simplificar un determinado proceso que permitió que un servidor consumiera mucho menos energía. En todos los países se organizaron conferencias para la fuerza de ventas. En Chile expuso un vendedor argentino. Mostró en qué consistía el invento y sus rotundas eficiencia tomando como referencia el rendimiento de los servidores de la competencia (alrededor de diez empresas). La última frase la dijo en inglés: “Sell, sell and sell”. Produjo euforia. Hasta a mí me dieron ganas de salir a ofrecerlo.

 La confusión reinante no impide tomar palco y examinarla como quien mira en un zoológico una jaula llena de monos histéricos. En cámara lenta, el problema desaparece. Mi viaje de tres semanas sin conexión me mostró que “aún hay algo al otro lado”. Es triste admitir que no todos pueden asomarse, ¿pero qué pasa con los que sí pueden?

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