Un respiro, por favor 

Respirar, sin ir más lejos, es la primera experiencia en este mundo, un signo que marca la separación respecto al cuerpo de la madre y hace de la absorción y la expulsión del aire una declaración de independencia de nuestra individualidad.   

En un mundo acelerado y confuso, a veces es necesario tomar distancia y adoptar un ritmo más lento: contar uno, dos, tres y respirar hondo. El iluminador ensayo de Jamieson Webster, Sobre la respiración (2025), publicado recientemente en Alpha Decay, abre un espacio para la reflexión sobre un acto que parece una actividad natural y automática que damos por evidente. Como sucede con muchos temas relativos a lo cotidiano, prestamos poca atención a la significancias físicas, emocionales y sociales de la respiración. Solemos olvidar que respiramos: esa es la premisa que Webster, psicoanalista y profesora de la New School for Social Research —autora de otros dos títulos traducidos, Desorganización y sexo (2025) y Trastorno de conversión (2024), y de Stay, Illusion! The Hamlet Doctrine (2013), junto a Simon Critchley—, desarrolla a partir de sus propias memorias como asmática y buceadora, y una experiencia profesional que va desde la atención a sus pacientes en el diván, a su trabajo en cuidados paliativos durante la pandemia. En tiempos de ansiedad y asfixia, ¿qué nos dice el aire que respiramos?, ¿qué resonancias tiene esta acción aparentemente mínima como telón de fondo de nuestras vidas? Respirar, sin ir más lejos, es la primera experiencia en este mundo, un signo que marca la separación respecto al cuerpo de la madre y hace de la absorción y la expulsión del aire una declaración de independencia de nuestra individualidad.

Lejos de la autoayuda y el mindfulness, el ensayo indaga en el cruce entre el trabajo respiratorio y el psicoanalítico como si fueran las dos caras de una misma moneda: si una consiste en arrojar los pensamientos en un habla que traza un ritmo corporal, la otra se adentra en los propios pensamientos, en ese mundo de representaciones, hasta el límite de una consciencia que se acerca al cuerpo. En la amnesia contemporánea sobre el papel central que tiene la respiración en nuestras vidas se escondería una ausencia reveladora para comprender tanto experiencias vitales —la sexualidad, el parto, el habla y la constitutiva fragilidad de lo humano— como otras angustiantes que se amplían a un sentido más colectivo de respirar, entre ellas, la contaminación ambiental, las enfermedades respiratorias —el covid-19, de hecho, reconfiguró el sentido de los cuidados y de la precariedad de la vida— y aquel último suspiro que compartimos como humanos en la muerte. Desde una mirada psicoanalítica, las reflexiones de Webster exploran esta incapacidad para reconocer nuestra absoluta dependencia del aire que respiramos: ¿cómo se respira en un contexto de crisis climática y guerras?, ¿qué dicen aquellas formas entrecortadas y ansiosas de respirar del mundo en que vivimos?

En los recuerdos de su apego al inhalador como una especie de juguete indicador de una sensación de falta, activados por los brotes de asma de su hijo mayor, Webster observa los signos de esa compleja relación entre el cuerpo y el inconsciente. Incluso, repara en que muchos de sus pacientes suelen mostrar sensaciones de ahogo, dificultades para tragar o una tos semejante a un tic como manifestación de síntomas neuróticos. Ya lo había advertido Sigmund Freud, un aficionado a los puros —o a una forma de respirar quizá también sintomática—, en sus pacientes, como la mujer que obsesivamente se preguntaba por el porqué de la respiración, como si fuera algo de lo que hubiera podido prescindir. O, del lado de la literatura, el cuento “Café Loup”, de Ben Lerner, publicado en 2022 en The New Yorker, describe una insólita escena a partir de un narrador que divaga sobre el miedo a que su hija muera atragantada mientras él se asfixia al no poder tragar un pedazo de carne. Pensando en esa inesperada y ridícula muerte, la falta de aire se convierte en un autoexamen desesperado contra el tiempo.

Los cada vez más comunes ataques de ansiedad ponen a la respiración en un primer plano claustrofóbico. En esa impresión de que se ha olvidado cómo se respira, la angustia también es un problema del aire que se comparte con los demás: inconscientemente tendemos a sincronizar la respiración con quienes nos rodean, de ahí su carácter invisible, pero a veces esa conexión con los estímulos externos falla. Es entonces cuando la respiración concentra una energía escondida y pasa a ser el objeto contenedor de una pérdida. Quizás por eso los ejercicios de respiración dan cierta calma al permitir la posesión de ese objeto mínimo y la sensación de control. Para enfrentar la angustia —aquella bestia negra que, según Freud, tiene el poder de llevar a la sociedad a la ruina—, el camino sería aprender a respirar y, a fin de cuentas, aceptar el malestar y la falta de satisfacción, como sucede con la “bella indiferencia” respecto a la histeria. Cambiar la forma de respirar supone, así, un hackeo al propio cuerpo capaz de modificar el sistema nervioso y restablecer la salud.

Durante la pandemia, avanza Webster, ese olvido sobre la importancia de la respiración se hizo insostenible. Como si las amenazas al cuerpo y al medioambiente se trasladaran a todo ámbito, la sensación de desasosiego hizo explícita otras resonancias de la crisis: la situación política en Estados Unidos, la asfixiante historia de racismo y violencia policial, las interminables guerras, la catástrofe climática. Todo ello envuelto en imaginarios apocalípticos renovadores de la angustia. Así como los pulmones colapsaban, también lo hacía la economía, los sistemas informáticos y la vida urbana. En medio del caos del hospital donde Webster asistía a los enfermos, el sonido de las máquinas de respiración marcaba el ritmo de aquella nueva normalidad. La pandemia dejó al descubierto que vivimos en una atmósfera compartida, que somos porosos al aire que respiramos y que es una ilusión pensarnos como individuos aislados de los demás y del entorno. El aire parece ser lo último que nos pertenece, pero continuamente nos enfrentamos a una especie de envenenamiento colectivo. O a lo que Peter Sloterdijk en Temblores del aire: en las fuentes del terror (2002) llama “atmoterrorismo”, concepto que permite pensar en nuevas formas de control y violencia desde la perspectiva del espacio y el aire.

Como una buceadora, Webster se adentra en las profundidades de este acto vital, combinando sus propias vivencias con una mirada refrescante sobre las teorías de Freud y Lacan, referencias a la literatura —Louise Glück, Anne Carson— y la alusión a sugerentes experimentos, como el delirante proyecto de Wilhelm Reich, otro psicoanalista del aire, quien creó una máquina para almacenar el orgón, una energía esencial contenida, según él, en la atmósfera. Webster nos invita, así, a detenernos y tomar consciencia de que respiramos juntos, como una forma también de pensar juntos un presente a veces irrespirable.

Compartir
Hashtag

Relacionadas