El cuento de hadas: una verdad existenciaL

Lejos de representar un mundo de finales felices, los cuentos de hadas siguen una tradición de relatos crudos y severos que muchas veces, a través de la expresión artística, nos enfrentan desde la niñez a nuestros mayores miedos y nos preparan para la vida y la muerte. A 150 años de la muerte de Hans Christian Andersen su legado sigue siendo testimonio vivo de eso.

“El sentido más profundo reside en los cuentos de hadas contados en mi infancia; más profundo que la realidad que la vida me enseñó”

Friedrich Schiller

El cuento de hadas funciona como un mito en la infancia. Nos lleva en una simple oración a un mundo mágico y anacrónico en donde todo se origina. Frases como “En el tiempo en que Dios aún caminaba por el mundo” o “cuando las cosas aún no tenían nombre” y “hace mucho, mucho tiempo, el día de mañana” nos posicionan en un cronotopo fuera del tiempo histórico, y sus símbolos nos introducen en sentidos diversos y misteriosos. Es una mezcla bestial de mito y logos, el punto axial del tránsito entre el establecer relación con las cosas del mundo y el buscar la explicación de lo que significa esa verdad narrada. Sí. El cuento de hadas es una verdad existencial. Una narración filosófica que nos acompaña durante toda la vida. Se halla en muchas culturas y tiempos. Las recopilaciones y sus lecturas genealógicas y contextuales han permitido desarrollar una historiografía del género, así como una explicación de sus orígenes orales y multiculturales. El interés folclórico fue un motor esencial para la ordenación metodológica del género, particularmente en Alemania donde se desarrolló una profusa filología germana.

El escritor danés Hans Christian Andersen (1805 – 1875), a quien este año la literatura infantil y juvenil conmemora, escribió más de 160 cuentos, los que han sido leídos y dramatizados en todo el mundo. Aunque recopiló narraciones tradicionales danesas, su condición de creador es lo que trascendió. Autor de La reina de la nieves, La fosforera y El soldadito de plomo. Su trabajo se inició en la juventud y tuvo que sortear penurias y tristezas hasta llegar a ser el gran escritor que la historia recuerda. Hans Christian Andersen es el título del mayor premio y distinción internacional de literatura infantil y juvenil que grandes escritores contemporáneos han recibido. Anthony Browne y Maurice Sendak, entre los más leídos en Latinoamérica, y Michio Mado, Tomi Vigerer, y Peter Sis en Asia y Europa, quedando muchos otros entre los laureados.

Desde las lecturas formales hasta las new age, el cuento de hadas ha sido leído y estudiado como un reservorio de sentidos que permite abordar las más diversas posiciones morales e ideológicas. Hoy encontramos distintas orientaciones sobre sus lecturas e interpretaciones. La astralista, por ejemplo, sostiene la creación del cosmos y el orden universal en los relatos; la psicoanalítica promueve interpretaciones ligadas a los instintos y pulsiones vitales; la feminista denuncia el marco patriarcal en las relaciones familiares y sociales, entre otras. Sin ir más lejos, El patito feo es leído en sesiones de psicoterapia a la luz del llamado “trauma del cigoto equivocado”: haber nacido de una madre que, cultural y biológicamente, no te ama.

Años atrás, los cuentos de hadas fueron parcialmente censurados por educadores y padres al creer que el contacto con la oscuridad del alma podría dañar al pequeño lector en ciernes. La sirenita, cuento insigne de Andersen, fue presentado como una historia de amor y de final feliz, eliminando de las ediciones de aquel momento el despojo y la muerte de la princesa. De esta manera, adultos y padres, los catalogaron de relatos amenazantes; sugiriendo versiones acotadas e incluso edulcoradas para los niños.

Pero la vida no siempre es agradable. Frente al optimismo ciego de cierta literatura infantil, el cuento de hadas nos enrostra que esto no es así. Son crudos, severos, perturbadores. Se estructuran desde el peligro, la muerte, la vejez o el profundo dolor. A la vez, nos evidencian que la vida no tiene una sola cara. Hay sujetos buenos o malos en ella, no bifrontes. Esta moral inequívoca nos prepara para los sinsabores de la vida y para luego, de adultos, reconocer sus claroscuros.

La búsqueda del sentido en lo narrado es un ejercicio intelectual que deviene en ejercicio espiritual. El pequeño lector se enfrenta a un mundo de privaciones y obstáculos. Muchos de los cuentos se inician con la muerte del padre o de la madre, creando una angustia que abre el relato. Le sigue un mundo de abandono donde los adultos no le quieren o no son competentes para cuidarlo. Luego se enfrenta a un desafío; y es su ingenio o el apoyo de lo sobrenatural quien lo socorre de la locura o la muerte. Estos cuentos tradicionales confieren autonomía y confianza en el pequeño lector al saber que incluso el protagonista débil, huérfano y pobre, puede ganarle una partida a la vida.

El adulto que reitera en su miedo al abandono, en cada relación que emprende, puede verse contenido en estos relatos. Es en ellos donde encuentra senderos conducentes a la reparación. Frustraciones narcisistas, conflictos edípicos, rivalidades fraternas, dependencias parentales. Los cuentos de hadas tienen un valor inestimable para decidir “cómo estar” en el mundo. Desde ansiosos pequeños jalando los vestidos de sus madres hasta ancianos perdidos en lo recóndito de sus mentes, el cuento de hadas nos “materna” durante toda la vida.

El cuento de hadas es una obra de arte y que no lograría ese impacto psicológico si no lo fuera. Mediante el arte nos conmovemos y sublimamos los secretos de nuestra vida. El arte interviene en nuestra unión de experiencias del mundo, urdiendo los traumas de la vida psíquica, y elaborando criterios desde donde valorar la construcción de nuestra identidad individual y colectiva, como ha mencionado el historiador del arte Ricardo Ibarlucía.

En la soledad de una habitación, en el silencio de la noche, estos cuentos de hadas hablan al lector. Es allí donde se produce esa fantasmagoría que investigadores como Wolfgang Iser, Stanley Fish o Maurice Merleau-Ponty han llamado “el misterio de la representación”. Es en ese estar a solas con el cuento de hadas donde la lectura se vuelve “situación”. En cada ser humano, en un tiempo único, más temprano o más tarde, estas lecturas enrraizarán. Son historias de función dilatada, prolongada. No puedo dejar de pensar en Arthur Rackham y Jessie Willcox Smith, entre otros grandes ilustradores, quienes acompasaron los cuentos de hadas, alimentando nuestro enciclopedismo visual. Todo un cosmos de criaturas, formas, tamaños y colores en la representación de hadas, pantanos, ogros, brujas y principes. Mi abuela me contó un cuento y, décadas después, supe que se trataba de una narración multicultural. En algunas conocida como Baba Yaga, en otras como la huesera o la loba.

Cuenta así:

Hay una anciana que todos conocen, pero muy pocos han visto. Ella espera la llegada de los extraviados y buscadores. La vieja es muy seria y seca en su forma, además peluda, gorda y siempre sola. Cacarea como las gallinas y emite más sonidos animales que humanos. Se le conoce como la huesera. Su única tarea es recoger huesos. Huesos de todas las criaturas. Los que más busca son huesos de lobos. Recorre desiertos, montañas y bosques en su búsqueda, y cuando finalmente ha juntado un esqueleto completo y tiene ante sí una hermosa forma blanca, se sienta frente al fuego y piensa qué canción le cantará. Cuando lo sabe, alza sus manos sobre el esqueleto y comienza su arrullo. La criatura se mueve lentamente, sus huesos se cubren de piel y luego, cuando está finalizado, abre sus ojos de lobo. Mira a la anciana fijamente y pega un salto hacia atrás, corre por el arroyo hasta que es iluminado por la luz de la luna en lo alto de los cerros. Es allí cuando de repente se convierte en otro animal. Una mujer que ríe y que corre libremente hacia el horizonte, perdiendose en él.

 

De pequeña, escucharlo me producía temor y gozo. Me preguntaba cuál era la canción que la anciana le entregaba al esqueleto. Hoy, sin embargo, me pregunto cuál es mi canción, esa que me convierte en la mujer lobo que se pierde bajo la luz de la luna.

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